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domingo, 3 de abril de 2016

CAMBIO   DE   HORA   Y   RACIONALIZACIÓN
DE   HORARIOS

La frase “una hora menos en Canarias” forma parte del paisaje sonoro de los españoles desde los años 40 del pasado siglo XX hasta la actualidad. No sólo es un slogan utilizado para promocionar las Islas Afortunadas, sino que encierra algo más. Indica que el horario de nuestras islas no está en sintonía con el del resto de España, sino con el del Reino Unido y Portugal. ¿Es una anomalía la hora de Canarias, o la anomalía está en que la Península Ibérica tenga una hora más que el horario de esos dos países cuando estamos en el mismo huso horario? Estas preguntas surgen todos los años cuando se produce en nuestro país el primer cambio de hora, reabriéndose el debate sobre sus ventajas e inconvenientes.

Algunos datos geográficos

Como sabemos desde la escuela primaria, el globo terrestre está convencionalmente dividido de Este-Oeste en 24 meridianos (líneas imaginarias que unen el Polo Norte y el Polo Sur). El espacio comprendido entre cada dos meridianos es lo que se denomina “huso”, y dado que la tierra es una esfera, cada uno de esos 24 “husos” abarca 15º (geográficos). Como además, cada 24 horas, el globo terráqueo da una vuelta sobre su eje, resulta que cada “huso” equivale a una hora (de ahí lo de “huso horario”). El territorio comprendido dentro de un mismo “huso horario” suele tener la misma hora oficial, aunque, dentro de él, cada localidad tenga el tiempo solar que le corresponda según su posición geográfica.

Se considera “meridiano cero” el que pasa por la estación británica de Greenwich (en Londres). Ese meridiano es el que, por convención internacional, marca el llamado “Tiempo Universal Coordinado”. Eso significa que la hora oficial de cualquier lugar del planeta tiene que estar, respecto al TUC, adelantada (si está al Este) o retrasada (si está al Oeste), tantas horas como husos le distancien del meridiano “cero”. Por ejemplo, si el reloj de Greenwich marca las 12.00 horas, el de Alemania (que está al Este, justo en el siguiente huso horario) tiene que marcar una hora más (13.00 horas), y el de Argentina cuatro horas menos (08.00 horas al estar cuatro husos al Oeste).

De ese modo, cuando el territorio de un país tiene una extensión Este-Oeste que no supera un huso horario (como es el caso de España), suele acordarse por convención que los relojes marquen la misma hora civil en todos los lugares de su territorio, aunque sea obviamente diferente la hora solar de cada localidad. Gerona, por ejemplo, tiene una hora solar distinta de la de La Coruña (casi una hora de diferencia), pero por convención consideramos que los relojes tienen que marcar la misma hora en ambas ciudades.

Sin embargo, si un país tiene una extensión mayor que la de un huso horario (como ocurre con EE.UU., Canadá, Rusia, China o Brasil), suele acordarse un horario diferente en su territorio: por ejemplo, entre Nueva York y San Francisco hay una diferencia horaria oficial de tres horas, al haber una distancia geográfica de tres husos horarios entre ambas ciudades.

El tema de cambiar el horario en primavera (adelantar el reloj una hora) y en otoño (retrasarlo una hora) viene de antiguo. Ya Benjamín Franklin lo propuso, sin éxito, en 1874, cuando era embajador de EE.UU. en Francia. Pero no fue hasta la I Guerra Mundial que muchos países adoptaron temporalmente esta medida para ahorrar combustible, haciendo lo mismo durante los años de la segunda conflagración bélica. Más tarde, con la crisis del petróleo en 1973, muchos países volvieron a aplicar esta medida, que se ha mantenido desde entonces. Excepto Japón, los países de la OCDE la aplican en sus territorios, siendo ya casi un centenar los que la han adoptado.

En lo que se refiere a los países de la UE, la Directiva 2000/1984 comenzó a regular esta práctica, y desde entonces la UE ha venido publicando cada cinco años el calendario con las fechas en las que había que proceder al cambio de horario (por lo general, el último domingo de marzo y el último de octubre). En 2001, una nueva Directiva europea, convirtió en permanente la política de cambio de hora, y desde entonces se aplica en todos los países de la UE (en España se regula por el RD 236/2002 de 1 de marzo).

La anomalía española

Si se observa con detenimiento el globo terráqueo, vemos que España (salvo Canarias) se encuentra en el mismo meridiano que el Reino Unido. Como he señalado, el meridiano “cero” pasa por la ciudad inglesa de Greenwich (al lado de Londres), pero también por la española de Castellón. Esto significa que todo el territorio español está dentro del huso horario del meridiano “cero”: la mayor parte de nuestro territorio cae al Oeste del meridiano de Greenwich, y sólo una pequeña parte al Este (la que coincide con todas las provincias catalanas y alguna fracción de las aragonesas).

Al estar todo el territorio español en el mismo huso horario que el Reino Unido, lo lógico, en términos geográficos, es que nuestra hora coincida con la británica. Pero esto no ocurre así en la práctica. Hay diferencia de una hora entre el Reino Unido y España (salvo Canarias, que tiene la hora británica). ¿Por qué ocurre esto? ¿Cuál es la explicación de esa anomalía?

La explicación es que España, en 1942, en plena II Guerra Mundial, cuando el gobierno de Franco era aliado de la Alemania nazi y de la Italia fascista, quiso equiparar su horario con el de estos dos países a pesar de estar sus respectivos territorios en husos diferentes. Esto hizo que nuestros relojes se adelantaran una hora, tiempo que ya no hemos vuelto a recuperar desde entonces, pues, terminada la conflagración bélica, el gobierno español mantuvo ese horario, y, por tanto, la anomalía se hizo permanente. De esa época procede la frase “una hora menos en Canarias” con la que iniciaba este artículo, ya que geográficamente era inadmisible que la hora canaria se equiparara a la alemana, dado que entre ambos territorios había una distancia geográfica de dos husos horarios.

Hasta 1974, España mantuvo esa diferencia de una hora respecto al tiempo solar durante todo el año (los que fuimos niños en la década de los 60 recordamos que los cines de verano comenzaban a las nueve de la noche, justo cuando ya oscurecía). Desde esa fecha, siguiendo la estela de otros países para ahorrar energía, el gobierno español procedió a adelantar la hora en el periodo primavera-verano, con lo que introdujo el desfase de dos horas respecto al tiempo solar, añadiendo una hora más a la ya perdida en 1942 (el IDEA estima que en España se ahorra con esta medida un 5% de consumo energético, equivalente a 300 millones de euros, la mayor parte en las empresas).

A ello habría que añadir el desfase adicional que se produce en la mayor parte del territorio español por estar casi todo él, como he señalado, al Oeste del meridiano “cero”. Así, en La Coruña la diferencia respecto de la hora solar en el periodo primavera-otoño no es de dos horas, sino de casi tres, al estar a 10º de distancia geográfica respecto de Greenwich (equivalente a 50 minutos en tiempo solar).

Esto es lo que explica que nuestro horario oficial esté desfasado una hora respecto al sol en el periodo de otoño-invierno y de más de dos horas en el periodo de primavera-verano. El argumento del ahorro energético (sobre el que no hay acuerdo pleno ni siquiera entre los especialistas) se ve contrarrestado por informes médicos que hablan de los trastornos que el cambio horario produce en el sueño (sobre todo, en los niños). A este debate, ya de por sí complejo, se incorporan algunos argumentos económicos, tanto a favor, como en contra, especialmente procedentes del sector de la hostelería, favorable a que se aproveche el máximo de horas de sol.

La opinión pública también se hace eco de este asunto. Algunos prefieren el actual horario de primavera-verano para que las horas de sol puedan aprovecharse al final de la jornada laboral, pues consideran absurdo que, si se vuelve al horario de Greenwich, amanezca en verano alrededor de la 06.30 de la mañana cuando la jornada laboral suele comenzar a las 08.00. Otros, por el contrario, ven insano que, con el actual horario, a las 22.00 horas esté todavía el sol en el cielo de verano, provocando que tengamos que retrasar el momento de ir a dormir.

Sea como fuere es un tema controvertido, que incluso está entrando en la agenda política; de hecho, en el programa electoral de Cs y en el pacto firmado con PSOE hay un punto sobre la necesidad de que España recupere la hora perdida. Este tema también ha sido recogido por Rajoy en una de sus últimas intervenciones públicas.

La Asociación Nacional por la Racionalización de los Horarios en España (ARHOE)

La Asociación Nacional por la Racionalización de los Horarios, creada en 2006 (aunque sus inicios se remontan a 2003), no se opone, obviamente, a que España cumpla la Directiva europea sobre cambio de horario. Lo que reclama esta asociación es que nuestro país recupere la hora perdida en 1942 y se rija por el horario que nos corresponde por nuestra situación geográfica (el de Canarias y el Reino Unido). La ARHOE propone, por tanto, que en el periodo otoño-invierno nuestra hora civil coincida con la solar, y que en primavera-verano hagamos el cambio que hacen todos los países europeos, pero con la diferencia de sólo una hora respecto a la solar (y no dos como ocurre ahora).

¿Cómo se haría esto? Muy fácil. Bastaría con que un año, sólo un año, dejara de hacerse el cambio horario de final de marzo, y se mantuviera la hora oficial hasta final de octubre, con lo cual se recuperaría la hora perdida. Desde ese momento, España tendría la hora que le corresponde por su situación geográfica, y podría seguir cumpliendo la directiva europea de cambiar el horario en el periodo primavera-verano y el de otoño invierno, pero ya sin el lastre de la hora perdida en 1942.

Pero la reivindicación de ARHOE va más allá que la de recuperar esa hora perdida, ya que plantea la necesidad de que se racionalicen los horarios españoles, algo que esta asociación y las numerosas personalidades y expertos que la apoyan, consideran totalmente inadecuados. Cree que la recuperación de la hora perdida puede ser una oportunidad para racionalizar nuestros horarios e impulsar la modernización de nuestro país en esta materia. En tal sentido propone impulsar medidas que faciliten adelantar en una hora nuestro almuerzo y cena, con lo que eso implica de cambios en los horarios escolares y laborales. Además, la ARHOE considera necesario que las distintas cadenas de TV adelanten sus programas de máxima audiencia en, al menos una hora, para evitar que comiencen a las 22.30 y finalicen pasada la medianoche, como ocurre ahora, algo que es difícilmente de entender fuera de nuestro país.

Ese es el debate, complejo, sin duda, pues afecta a muchos ámbitos y sectores de la vida económica y social española, pero merece la pena prestarle atención. Ya hemos cambiado en España la moneda, hemos modernizado nuestro transporte ferroviario, hemos ampliado nuestra red de carreteras y mejorado nuestra red de centros de salud, nos hemos incorporado a la era digital,… ¿No es hora de que pensemos en cambiar nuestros hábitos horarios para mejorar nuestra forma de vida? Este es el debate.

domingo, 27 de marzo de 2016

SEMANA   SANTA   EN   ANDALUCIA
Una   lectura   sociológica


La Semana Santa es un acontecimiento importante en muchas ciudades españolas. En Andalucía adquiere una relevancia aún mayor, como se ha puesto de manifiesto, una vez más, en esta pasada semana. Dada su importancia, algunos antropólogos califican la Semana Santa andaluza de “hecho social total”, término acuñado hace casi un siglo por el francés Marcel Mauss para denominar ciertos acontecimientos singulares donde confluyen no sólo dimensiones religiosas, sino también culturales, económicas, políticas y sociales.

La singularidad de la Semana Santa es percibida con claridad por la opinión pública andaluza, que la consideran la expresión cultural más significativa de Andalucía. En el Barómetro Andaluz de Cultura (2012), más del 70% de los andaluces opinan que la Semana Santa es un “hecho cultural”, y el 60% que es la expresión cultural más característica de Andalucía.

La Semana Santa moviliza a toda la población, tanto a los que participan activamente en ella, como a los que son sólo meros observadores o incluso a los que se manifiestan de manera crítica. Asimismo, la Semana Santa es un evento en el que se ven implicadas las instituciones públicas de cada localidad, con independencia de la ideología política del gobierno municipal, al autorizar, con más o menos convicción, la ocupación del espacio público por los desfiles procesionales, modificando las ordenanzas en materia de ruido, tráfico, limpieza, saneamiento, recogida de residuos,

En definitiva, como “hecho social total”, la Semana Santa andaluza a pocos deja indiferente, aunque tenga distintos significados para cada persona o grupo de la sociedad local, como también ocurre con otras celebraciones de semejante naturaleza (las Fallas de Valencia, los Sanfermines pamplonicas o las fiestas levantinas de Moros y Cristianos).

Diversos significados sociales

En la Semana Santa andaluza, pueden distinguirse diversas categorías de individuos respecto a este acontecimiento. Una primera categoría estaría formada por los “sujetos activos”, es decir, por los que tienen un protagonismo visible en ella por el hecho de formar parte activa de las asociaciones que la componen (hermanos mayores de las hermandades, cofrades, miembros de los cabildos, bastoneros, costaleros,…). También forman parte de esa categoría las personas que colaboran de manera directa en los diversos actos religiosos que tienen lugar en torno a la Semana Santa (ya sea ayudando en la preparación de las imágenes, ya sea acompañándolas en los desfiles procesionales, ya sea asistiendo a los cultos en las iglesias,…)

La segunda categoría sería la de los “observadores”. Estaría formada por aquellas personas que, de forma pasiva, se limitan a ser meros espectadores de los eventos que tienen lugar durante esos días, sin pertenecer a ninguna asociación ni participar directamente en dichos eventos (aquí se incluirían también muchos visitantes foráneos que se acercan esos días a los pueblos andaluces para presenciar los desfiles procesionales).

Una tercera categoría estaría constituida por aquellos vecinos que se muestran “indiferentes y/o críticos” con la Semana Santa y que, en algunos casos, incluso aprovechan esos días de ocio para salir del pueblo y dedicarlos a otros menesteres. Algunos son críticos porque, desde una determinada visión del hecho religioso, consideran que el modo festivo y jocoso como se celebra la Semana Santa en muchos pueblos andaluces, no es el más adecuado desde el punto de vista de la moral cristiana. Otros, sin embargo, la critican desde una perspectiva diferente, al entender que es una forma abusiva de ocupar el espacio público, y que, en opinión de estos grupos, no debería ser tolerada en un Estado aconfesional como el nuestro. En esta misma línea, hay vecinos que son también críticos con la Semana Santa al sentirse incómodos con una celebración que, desde su punto de vista, consagra el predominio de valores (machismo, fetichismo, religiosidad exacerbada,…) difícilmente justificables en una sociedad, como la española, donde lo religioso está cada vez más instalado en el ámbito de lo privado.

Además, no puede ignorarse que, alrededor de la Semana Santa, hay una cuarta categoría de personas cuya presencia está relacionada con la intensa actividad económica que se desarrolla en torno a ese acontecimiento (bandas de música, trabajos de imaginería, fabricación de rostrillos, mantenimiento de ropas y atributos de las figuras bíblicas, arreglo y restauración de imágenes, servicio de cocina y catering para la organización de los actos de hermandad,…)

Fuente de identidad cultural

Debido al declive de las clásicas concepciones “esencialista” y “estructural” de la identidad, se va asentando cada vez más la idea de que la identidad de los individuos en la sociedad contemporánea no es única ni estable, sino múltiple, fragmentada y en permanente transformación. Según esta idea, los individuos conviven con diversas identidades, que son inestables y que son fruto del inevitable proceso de adaptación a los distintos contextos con los que tenemos que enfrentarnos en el día a día (en el mundo del trabajo, los negocios, la política, la familia, los amigos,…).

En ese contexto de identidades múltiples, fragmentadas e inestables, la Semana Santa constituye para los andaluces un importante escenario de reafirmación de la identidad afectiva, es decir, de la identidad basada en los sentimientos y las emociones. Es un referente a través del cual muchas personas, más allá de su adscripción ideológica o creencias religiosas, se sienten, aunque sólo sea en esas fechas, parte del grupo, o incluso de la comunidad en la que viven, tal como ocurre en otros acontecimientos andaluces de naturaleza similar (Romería del Rocío, Carnavales de Cádiz o algunas ferias y fiestas locales). Al igual que en esos otros eventos, en la Semana Santa andaluza se fortalece un nosotros grupal (comunitario), en el que confluyen tanto la dimensión familiar, como la dimensión semilocal (barrio) y la de amistad y fraternidad.

Cabe preguntarse por qué la reafirmación de esa dimensión afectiva de la identidad cultural andaluza se produce sobre todo en torno a la Semana Santa. Como han señalado algunos estudiosos de la Semana Santa andaluza (Moreno Navarro, Agudo, Rodríguez Becerra,…), todo esto ha sido posible gracias al singular proceso de secularización de lo religioso que se ha dado en Andalucía. Este proceso explica que, a diferencia de lo ocurrido en otras regiones españolas, no hayan desaparecido en Andalucía los rituales populares asociados a las imágenes religiosas, sino todo lo contrario. Se ha  producido incluso una reactivación de dichos rituales, trascendiendo el ámbito de las devociones privadas y procurando marcar su autonomía respecto a la autoridad eclesiástica en una sociedad cada vez más secularizada como la actual.

De hecho, en Andalucía, estos símbolos religiosos siguen estando muy presentes todos los días del año en ambientes seculares o incluso laicos (como bares, restaurantes, comercios, tiendas, despachos profesionales, club deportivos, gestorías,…) en forma de cuadros y fotografías de cristos y vírgenes, así como de carteles de semana santa, de calendarios cofradieros, de participaciones de lotería de las diversas corporaciones bíblicas y cofradías, y, más recientemente, de vídeos, páginas web y blogs en Internet.

Esto no suele ocurrir con otros eventos en una gran mayoría de las localidades andaluzas. A ello contribuyen, sin duda, factores tales como los siguientes: el carácter festivo-primaveral de la Semana Santa (conmemorando la Pasión, pero celebrando la alegría de la Resurrección) el potencial emotivo que tiene la religiosidad y la fe religiosa en la conciencia de la gente (con sus variantes y diversidad de significados); la exaltación de la hermandad a través de los rituales típicos de la Semana Santa; el culto del comensalismo que impregna las reuniones que se celebran esos días, y, sobre todo, el escrupuloso respeto de las tradiciones (nuevas y viejas) que convierten esos rituales en una exacta repetición anual de hechos y comportamientos sociales.

Gracias a ese conjunto de factores, la Semana Santa se mantiene hoy muy presente en la sociedad andaluza, habiéndose incorporado a la vida cotidiana de muchos andaluces sin que eso les haya impedido avanzar en los valores típicos de la modernidad (individualismo, privacidad, secularización, laicidad, libertad religiosa, universalismo, ciudadanía,…). Tradición y modernidad coexisten en torno a la Semana Santa, debido al citado proceso de secularización de lo religioso, pero también gracias al entorno de sociabilidad y cercanía que se produce en muchos pueblos andaluces en estos días. En ese contexto, el yo individual se integra, como he señalado, en un nosotros grupal que contribuye a llenar el vacío creciente de la vida moderna apelando a los lazos de la tradición, los sentimientos y las emociones.

La funcionalidad y utilidad de esas prácticas y rituales tradicionales para afrontar los avatares de la vida moderna, es lo que explica el relevo generacional que tiene lugar en la Semana Santa andaluza. De hecho, se ha producido en los últimos años un importante aumento del número de jóvenes en las cofradías, hermandades y corporaciones, compatibilizando muchos de ellos su moderno rol profesional (global y cosmopolita) con el deseo de mantener vivos sus orígenes (locales) y de construir un relato identitario propio que le permita conservar el sentimiento de pertenencia a sus grupos primarios (amigos, familia). Puede verse en ello el afán por conservar una especie de “hilo de la memoria” (Danièle Hervieu-Lèger) que les vincula con sus raíces locales y con las generaciones anteriores.

Tradición y modernidad

La Semana Santa de Andalucía es, en definitiva, un “hecho social total” que trasciende su dimensión religiosa y cultural y que afecta a todos los ámbitos de la sociedad andaluza (se participe o no en ella). Como tal, es un acontecimiento que está sometido a los cambios propios del entorno donde se desarrolla, impregnándose de nuevas percepciones y expectativas y de nuevos comportamientos por parte de la población. Su extensión a nuevos grupos sociales es, sin duda, una muestra de su pujanza, pero supone también la incorporación de elementos nuevos de expresividad (en las imágenes, en la música, en el vestuario, en los itinerarios,…) y de nuevas formas de participación (como la presencia cada vez mayor de las mujeres como sujetos no pasivos, sino activos de la Semana Santa).

Asimismo, esos cambios reafirman la autonomía de las hermandades, cofradías y corporaciones respecto a las autoridades eclesiásticas, provocando no pocas tensiones a la hora de determinar el rumbo de la Semana Santa y de marcar las pautas estéticas que la rigen. Además, la creciente secularización de la sociedad andaluza hace que los eventos asociados a la Semana Santa ya no sean vistos como una expresión exclusiva, genuina e intocable de la religiosidad popular andaluza, y tampoco se acepta que, por ese carácter de exclusividad, deba impregnar a todas las instituciones sociales (sean o no religiosas). Tales eventos están cada vez más sometidos al escrutinio de la opinión pública en función de los efectos que tienen sobre el funcionamiento de la vida cotidiana en nuestras ciudades durante esos días, lo que es fuente de tensiones a la hora de distinguir entre el espacio público y el espacio privado.


Todos esos cambios rompen con las pautas tradicionales de la Semana Santa, la hacen más plural y menos exclusivista, pero la enriquecen de otro modo, no siempre al gusto de todos. Es en esa tensión entre tradición/modernidad, entre secularización/religiosidad, donde debe enmarcarse hoy la Semana Santa de Andalucía. De esa tensión extrae sus principales energías, pero también surgen de ella elementos que hacen más compleja su gestión.