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martes, 23 de enero de 2018

INCERTIDUMBRE   POLÍTICA  EN  #ALEMANIA 


Siempre se pone a Alemania como ejemplo por su estabilidad política en los últimos sesenta años. A sus dos grandes partidos: la CDU democristiana (con su socio bávaro CSU) y el SPD socialdemócrata, se les considera un modelo de formaciones políticas que anteponen los intereses generales a los particulares de sus respectivas militancias. La trágica historia de la República de Weimar en el periodo de entreguerras tiene mucho que ver en esto.

Son partidos denominados institucionales por el hecho de haber contribuido de forma alternativa a regir los destinos políticos de Alemania desde 1949, asumiendo responsabilidades de gobierno, tanto a nivel federal como regional (Länder).

Ya sea en solitario al disponer de mayoría parlamentaria o en coalición con partidos más pequeños (liberales, verdes...), tanto la CDU/CSU como el SPD han presidido los gobiernos en estos casi sesenta años ininterrumpidos de democracia en Alemania. Cuando esas pequeñas coaliciones no han sido factibles, los dos grandes partidos no han dudado en superar sus diferencias ideológicas y formar un pacto de gobierno entre ellos, dando lugar a lo que se denomina “gran coalición” (Groβe Koalition).

Eso ocurrió en los años sesenta en el gobierno de gran coalición CDU y SPD presidido por el democristiano Kurt G. Kiesinger (1966-69) (con el socialdemócrata Willy Brandt de vicecanciller). Fue un gobierno de coalición en el que una CDU en crisis y debilitada, encontró el apoyo de un SPD en alza, que utilizó precisamente ese pacto de gobierno para adquirir visibilidad tras quince años de gobiernos democristianos (los cinco gobiernos del canciller Adenauer y los dos de Erhard). Más recientemente se han formado gobiernos de gran coalición presididos por la democristiana Angela Merkel (2005-2009 y 2013-2017).

Llama la atención que, en esas tres experiencias, los socialdemócratas del SPD nunca han presidido el gobierno, sino que han sido el socio menor de la coalición, con lo que eso significaba de tener menos protagonismo y de ser el partido que mayor renuncia hacía de su programa político.

A diferencia del citado cogobierno Kiesinger-Brandt (excepcional por la forma en que se constituyó, tras la dimisión de Erhard, y por la controvertida figura del canciller Kiesinger, con un turbio pasado de militancia en el partido nazi), el SPD no ha salido satisfecho de su participación en las dos grandes coaliciones con Angela Merkel, al ver como pagaba por ello un elevado coste electoral. Ello explica las dudas en el seno del SPD de participar en una nueva gran coalición, y el intenso debate abierto dentro del partido.

Una gran coalición incierta 

Estas dudas y divisiones se han reflejado en lo ajustado de la votación del congreso extraordinario del partido socialdemócrata reunido el pasado 21 de enero en Bonn (362 delegados a favor de participar en una nueva coalición con la CDU/CSU y 279 en contra). Lo acordado en ese congreso es sólo abrir negociaciones con la CDU/CSU para elaborar un programa de gobierno de coalición que tendrá que ser aprobado dentro de unas semanas por los 450.000 afiliados del SPD en votación directa.

Dada la igualdad manifestada entre los partidarios y los opositores en el citado congreso extraordinario en el que sólo votaban delegados, se prevé unos debates intensos de cara a la próxima votación en la que será la militancia la que decida. Los pronósticos son inciertos, dada la fuerte división interna en el SPD y la alta movilización de las juventudes socialdemócratas (los llamados “jusos”) con su líder Kevin Kühnert muy activo en la campaña contra la formación de una nueva gran coalición con la CDU de Angela Merkel y la CSU bávara.

El cambio de posición del líder del SPD Martin Schulz no ha ayudado a cohesionar a las bases socialdemócratas, sino todo lo contrario. Tras anunciar de manera imprudente la noche de la derrota electoral del SPD del pasado septiembre que no habría pacto de gobierno con los democristianos, Schulz se ha manifestado favorable a la gran coalición por razones institucionales al ver fracasar a Merkel en la formación de un gobierno “jamaica” (por el color negro de los democristianos, el verde de los ecologistas y el amarillo de los liberales). Este cambio de posición le ha restado credibilidad a su liderazgo dentro del partido.

Las dudas del SPD en participar por tercera vez en una gran coalición con la CDU/CSU presidida por Angela Merkel, radican en el escaso rédito electoral que, como he señalado, los socialdemócratas han obtenido de las dos últimas experiencias, cosechando en las elecciones de 2017 el peor resultado de su historia.

Algunos dirigentes señalan, no obstante, que ese mal resultado no puede ser atribuido al escaso protagonismo del SPD en el gobierno de coalición, sino a la propia crisis de la socialdemocracia europea, que afecta a muchos partidos de esa ideología política (en Francia, en España, en Reino Unido, en Austria,…) y que les están incapacitando para presentar soluciones creíbles a los grandes retos de la sociedad actual.

Para los dirigentes favorables a la gran coalición, la consecuencia de no participar en ella es, ante la más que probable repetición de las elecciones, seguir cayendo en apoyo electoral hasta niveles aún más bajos al 20% de los últimos comicios. Por el contrario, los que se oponen a repetir una gran coalición presidida por Angela Merkel consideran que el SPD sólo podrá recuperarse volviendo a la oposición para reconstruir su discurso y estrategia.

Sólo un programa de gobierno en el que el SPD pueda introducir medidas de corte social (como el aumento del gasto público para salir de las políticas de austeridad o el incremento del gasto en educación o suavizar la política de asilo y acogida) y en el que se visualice una apuesta clara y firme por la integración europea reactivando la cooperación con la Francia de Macron, podría ser lo suficientemente atractivo como para que la militancia se incline a favor de la gran coalición en la votación de dentro de unas semanas.

Una gran coalición de alto riesgo

En todo caso, no son pocos los riesgos de constituir una gran coalición en una situación en la que los dos grandes partidos están debilitados y sólo agregan algo más de la mitad de los escaños del Bundestag (399 de diputados de un total de 709), cuando en ocasiones anteriores han sumado en torno a los dos tercios de la cámara.

Esta vez se produce además la circunstancia de que el primer partido de la oposición a la gran coalición sería un partido de extrema derecha como el AfD (que tiene 94 diputados y ha obtenido casi 6 millones de votos en las pasadas elecciones). Ello, además de añadir un importante factor de obstruccionismo parlamentario, es una amenaza para el caso de que el gobierno de coalición CDU/CSU y SPD no tenga éxito a la hora del cumplimiento de su programa de gobierno.

Sin embargo, la alternativa a una gran coalición es o un gobierno en minoría de Merkel (o de otro dirigente democristiano), algo que no está en la tradición política alemana (de hecho, nunca en la historia de la Alemania moderna ha gobernado un partido en minoría), o repetición de las elecciones. Repetir las elecciones se ve como una opción de alto riesgo, dado que el electorado podría castigar a los dos grandes partidos por no haber sabido alcanzar un acuerdo de gobierno, propiciando el ascenso del derechista AfD.

Se abre un periodo de incertidumbre política en Alemania, y para Europa, que no sólo durará las semanas que quedan hasta que las bases del SPD voten sobre la gran coalición, sino que continuará después. Si votan en contra, se acrecentará la incertidumbre por el imprevisible panorama que se abriría con la convocatoria de nuevas elecciones, y si votan a favor, continuará la incertidumbre por el escenario fragmentado y de inestabilidad en que deberá desenvolverse la tercera gran coalición entre democristianos y socialdemócratas.

Coda


Introducir sistemas de democracia participativa puede parecer una vía útil para implicar a la militancia en el funcionamiento interno de los partidos políticos, como ocurre con la elección de los dirigentes mediante primarias. Pero incluir esa dinámica en partidos que se mueven en escenarios de democracia representativa, tiene sus riesgos. Por ejemplo, extender la participación directa en decisiones como las de estrategia política (pactos de gobierno), provoca disonancias y disrupciones internas. El SPD se enfrenta ahora al hecho de que su militancia es la que decidirá sobre participar o no en la gran coalición, lo que acentuará las diferencias y hará aumentar la polarización dentro del partido ¿Es eso positivo? Veremos.

domingo, 28 de febrero de 2016

SOBRE LA GRAN COALICIÓN
(Publicado en el Diario El País) (24/12/2015)

Desde que se conocieron los resultados electorales del 20-D, algunos círculos de opinión proponen la creación de una “gran coalición” a la alemana entre PP-PSOE. El objetivo de esa propuesta es evitar la inestabilidad política y asegurar la gobernabilidad de nuestro país en una situación calificada de emergencia nacional por quienes la plantean. Por bien intencionada que sea, creo que no sería la solución, ya que provocaría más problemas que soluciones.

Antes de explicar mis razones, es preciso aclarar que cuando se habla de una “gran coalición”, se hace referencia a un gobierno constituido por los dos grandes partidos que forman el arco parlamentario. Hay otras coaliciones que no reciben el calificativo de “gran coalición”, al darse entre un partido mayoritario y otro minoritario (como la que formó el mayoritario Partido Conservador británico de Cameron y el minoritario Liberal Demócrata, o la que permitió que gobernara el socialdemócrata alemán Schröder con Los Verdes de Fischer). Tampoco lo son las coaliciones de multipartidos a la italiana.

Las razones por las que estoy en contra de una “gran coalición” PP-PSOE no se basan en una supuesta falta de cultura de pacto en España, ya que no es verdad. Prueba de ello son los numerosos cogobiernos municipales y autonómicos que funcionan razonablemente bien, y los grandes pactos que se dieron a nivel nacional en los primeros años de la transición democrática. Mis razones no son, por tanto, culturales, sino de eficacia política, pues considero que no se dan las condiciones para que esta fórmula sea un medio eficaz de gestionar los graves problemas que tenemos por delante.

Para que funcione una “gran coalición”, es necesario que los dos grandes partidos que se coaligan agreguen un porcentaje tan significativo de votos y escaños, que fuera de ellos quede un panorama político cuantitativamente poco relevante. Por ejemplo, en Alemania, que suele utilizarse como referencia, el cogobierno de la CDU-CSU (democristianos) y el SPD (social-demócratas) reúne en el Bundestag el 80% de los diputados (503 de los 631 que forman el parlamento alemán) y casi el 70% de los votos, según datos de las últimas elecciones (septiembre 2013). Los partidos que no forman parte de la “gran coalición” (Los Verdes y La Izquierda) se reparten el resto de los escaños (un 10% cada uno y algo más del 8% de los votos). Eso significa que, en Alemania, fuera de la gran coalición, queda un panorama político de muy poca relevancia en votos y escaños, y eso hace que dicha fórmula se imponga por razones de eficacia política. Además, es necesario que ninguno de los partidos que formen la “gran coalición” salga fuertemente perjudicado de ella, ya que, en ese caso, sería el propio sistema político el que acabaría resintiéndose. De ahí el equilibrio que mantienen Angela Merkel (CDU-CSU) y Sigmar Gabriel (SPD) para que ninguno de los dos grandes partidos se debilite por formar parte de la “gran coalición”.

Hagamos la simulación en España con los resultados del 20-D, dando por supuesto que hubiera voluntad por parte del PP y PSOE de formar esa “gran coalición”. Entre los dos partidos sólo reúnen el 60% de los escaños (213 de un total de 350) y sólo el 50% de los votos, con lo que fuera de ese gran pacto quedaría un panorama de mucho peso político (casi un 40% de escaños y un 50% de votos). Con esos números es difícil que una “gran coalición” PP-PSOE pueda ser eficaz, ni para garantizar la estabilidad ni para asegurar la gobernabilidad.

Continuando con la simulación, y suponiendo que Ciudadanos apoyara a esa posible “gran coalición”, entre los tres partidos (PP-PSOE-Cs) agregarían algo más del 70% de los escaños y casi el 65% de los votos, con lo que ciertamente se aproximaría a la realidad del caso alemán. Sin embargo, seguiría habiendo una diferencia sustancial respecto al Bundestag, y es que los partidos que quedarían fuera de la “gran coalición” son grupos de peso y relevancia política.

De ellos, destacaría Podemos que, junto a UP-IU (posible alianza parlamentaria), concentrarían más del 20% de los escaños (71). Son grupos que están muy bien organizados en términos de movilización y que expresan el deseo de cambio y regeneración democrática de un amplio sector de la sociedad española que no puede ser ignorado al representar más de seis millones de votos entre ambas fuerzas políticas. Formar una “gran coalición” implicaría que Podemos (con UP-IU y los grupos independentistas) se erigiría en la única fuerza de oposición parlamentaria, con sensación de ser excluida y gozando además de una fuerte capacidad de movilización social. Se crearía una situación de potencial inestabilidad, que es justo lo contrario de lo que se pretende con la fórmula de la “gran coalición”.

Además, en esa situación, sería el PSOE el partido más perjudicado por formar parte de la “gran coalición”, dadas las divergencias entre sus dirigentes sobre este asunto y el escaso apoyo que esta fórmula tiene entre sus votantes. En esas condiciones, el riesgo de salir debilitado y ser superado por Podemos sería muy alto, ocurriéndole lo mismo que al PASOK en Grecia, cuya alianza con Nueva Democracia le debilitó hasta convertirlo hoy en un partido irrelevante. El resultado sería una mayor polarización política al perder espacio la opción de centro izquierda que representa el PSOE.


En definitiva, no veo la utilidad de la “gran coalición” en términos de eficacia política. Veo más eficaz que uno de los dos grandes partidos consiga la mayoría para gobernar, que busque acuerdos con los demás grupos parlamentarios para sacar adelante los presupuestos y aprobar los proyectos de ley, y, sobre todo, que se muestre receptivo para abordar las reformas constitucionales que necesita nuestro país.