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miércoles, 1 de mayo de 2019


ELOGIO   DEL   SINDICALISMO

Uno de los grandes precursores de la sociología, el francés Alexis de Tocqueville, escribía en 1840, tras un viaje a los Estados Unidos de América, su obra clásica “La democracia en América”.

En ese libro señalaba, tomando como ejemplo la democracia norteamericana, que la existencia de grupos organizados de intereses en los distintos ámbitos de la vida económica y social, es un elemento fundamental para que los ciudadanos puedan influir en las decisiones de los poderes públicos, más allá de ejercer el derecho de voto cada cuatro años. Concluía que una democracia no puede funcionar sin una sociedad civil autónoma y bien organizada, que actúe como contrapeso a los poderes institucionales (legislativo, ejecutivo y judicial).

Con motivo de la fiesta del 1 de mayo, es interesante traer a colación estas reflexiones realizadas hace casi dos siglos, ya que, si bien la realidad social y económica de hoy es muy diferente de la que Tocqueville tomó como referencia, hay rasgos que permanecen.

Aunque es evidente que el panorama económico se ha modificado sensiblemente en el marco de la globalización, con la presencia hegemónica de las grandes corporaciones industriales, financieras y de servicios, es también un hecho cierto que la economía actual sigue siendo una economía de mercado. Es un modelo económico cuyos pilares continúan siendo, de un lado, las empresas y, de otro, los trabajadores empleados en ellas, junto a un amplio sector de trabajadores autónomos, cada vez más dependientes del entorno económico en que desarrollan su actividad. A ellos se le une un no menos importante sector de empleados públicos que también dependen de ingresos salariales.

En ese contexto, donde, junto a la libertad e iniciativa individual, se reflejan también las desigualdades económicas y sociales, el sindicalismo, en sus diversas formas, continúa desempeñando una función esencial al representar los intereses de los trabajadores asalariados, autónomos o empleados públicos. Sin los sindicatos, los trabajadores sólo tendrían, en el ejercicio de sus derechos, el amparo de leyes y normativas laborales en cuya aplicación práctica también se reflejan, como se comprueba día a día, las desigualdades existentes.

Así ha sido a lo largo de los últimos ciento cincuenta años en todas las democracias occidentales, y en días como el 1 de mayo los sindicatos suelen reafirmar su presencia con actividades y acciones de diversa índole (manifestaciones, eventos culturales,…).

Y así lo reconocimos en España cuando iniciamos la transición democrática a finales de los años 1970. Nadie entonces ponía en duda el papel positivo de los sindicatos, y todos valoramos su aportación a la consolidación del sistema democrático en nuestro país. Dirigentes sindicales como Marcelino Camacho (CC.OO.) y Nicolás Redondo (UGT) son ya parte de la historia de nuestra democracia.

De hecho, nuestra Constitución de 1978 dedica amplia atención al tema sindical, confiriendo una importancia destacada a los sindicatos y a las asociaciones empresariales en el marco de un Estado social y democrático de Derecho. En concreto, en el Título Preliminar, el art. 7 consagra su papel como organizaciones básicas para la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales, y el art. 28.1 establece el derecho de libertad sindical como un derecho fundamental (situándolo en el Título I de la Constitución). 

Hoy, por el contrario, no es fácil  encontrar voces favorables al sindicalismo. Es habitual declararse cuando menos asindicalista o manifestarse en contra de los sindicatos, a los que se les atribuye todo tipo de perversiones (corrupción, clientelismo, nepotismo, corporativismo,…). Se cuestiona su utilidad y se los califica de instituciones obsoletas, que viven de las subvenciones públicas y que cada vez están más alejadas de la realidad social y económica.

Sin embargo, ante la creciente precariedad del empleo y la deregulación de las relaciones laborales (propiciadas por una reforma que redujo sensiblemente el papel de la negociación colectiva sectorial para darle protagonismo a los acuerdos a nivel de cada empresa), parece necesario el papel movilizador y la fuerza reivindicativa del sindicalismo, así como su actitud abierta a la negociación y el diálogo.

Son necesarios sus líderes nacionales, que, con su voz disonante, ponen un contrapunto al discurso dominante de la clase política. Pero también son necesarios sus cuadros intermedios, imprescindibles para velar por el cumplimiento de los convenios. Lo mismo que son necesarios los tan criticados “liberados sindicales”. ¿Qué sería de los trabajadores de pequeñas empresas donde no existe representación sindical alguna, sin la ayuda de los liberados sindicales visitando uno a uno los centros de trabajo, informando y recogiendo las reclamaciones de los trabajadores?

En sectores como el agrario, donde los agricultores, en especial los titulares de pequeñas explotaciones, están muy atomizados, y donde la política que lo regula (la PAC) es cada vez más compleja, parece necesaria la presencia de organizaciones de tipo sindical o similares (como las que encarnan las llamadas “organizaciones profesionales agrarias”, OPAs).

Algunas de estas organizaciones incluso se auto-denominan "sindicatos agrarios" (como ocurre con UPA  o COAG) y defienden de manera agregada intereses tan dispersos como los que atraviesan la agricultura, y prestan servicios sobre todo a los pequeños agricultores para facilitarles acceso a la información y darles certidumbre en contextos tan volátiles e inciertos como aquéllos en los que desarrollan su actividad. Además, las OPAs desempeñan una función clave en la interlocución y concertación con los poderes públicos en temas relacionados con la política agraria. Asimismo, para los asalariados agrícolas, el papel de los sindicatos es fundamental en la negociación de los convenios del sector.

El sindicalismo es una institución de más de cien años de historia, que ha contribuido a muchas de las conquistas sociales que hoy disfrutamos. Por supuesto que los sindicatos tienen que adaptarse a los nuevos tiempos y que tienen que innovar para relacionarse mejor con los trabajadores y ser más eficientes en sus funciones de reivindicación y defensa de intereses.

Pero sin asociaciones intermedias como los sindicatos la democracia estaría mutilada, como señaló hace casi dos siglos Alexis de Tocqueville al referirse a la necesidad de contar con una sociedad civil autónoma y bien organizada. No viene mal recordarlo este 1 de mayo, y cuando se han cumplido ya 130 años de la fundación de la UGT.

martes, 8 de marzo de 2016

SOBRE EL SINDICALISMO

Mañana comienza el 42 Congreso de la UGT que, entre otras cosas, relevará en su puesto de Secretario General a Cándido Méndez tras más de veinte años al frente de la dirección del sindicato. Más de 600 delegados, representando a 9 federaciones sectoriales y 19 uniones territoriales, y a casi un millón de afiliados, elegirán a una nueva comisión ejecutiva y definirán las líneas estratégicas de la UGT para los próximos años. Con motivo de ese acontecimiento, me permito compartir unas reflexiones sobre el sindicalismo.

Una democracia no puede funcionar sin una sociedad civil autónoma y bien organizada, que actúe como contrapeso a los poderes institucionales (legislativo, ejecutivo y judicial). La existencia de grupos organizados de intereses en los distintos ámbitos de la vida económica y social, es un elemento fundamental para que los ciudadanos puedan tener voz en las decisiones de los poderes públicos, más allá de ejercer el derecho de voto cada cuatro años.

En una economía de mercado, donde, junto a la libertad e iniciativa individual, se reflejan las desigualdades económicas y sociales, el sindicalismo desempeña una función esencial al representar los intereses de los grupos vinculados al mundo laboral. Sin los sindicatos, los trabajadores sólo tendrían, en el ejercicio de sus derechos, el amparo de leyes y normativas laborales en cuya aplicación práctica también se reflejan, como se comprueba día a día, las desigualdades existentes.

Así ha sido a lo largo de los últimos cien años en todas las democracias occidentales, y así lo reconocimos en España cuando iniciamos la transición democrática a finales de los años 70. Nadie entonces ponía en duda el papel positivo de los sindicatos, y todos valoramos su aportación a la consolidación del sistema democrático en nuestro país. Dirigentes sindicales como Marcelino Camacho o Nicolás Redondo forman parte del paisaje de la historia de la democracia española por su indiscutible contribución a poner las bases de nuestro sistema de libertades.

Hoy, por el contrario, no es fácil  encontrar voces favorables al sindicalismo. Es habitual declararse cuando menos asindicalista o manifestarse en contra de los sindicatos, a los que se les atribuye todo tipo de perversiones (corrupción, clientelismo, nepotismo, corporativismo,…) y se les hace responsables del desaguisado en que nos hemos metido como país. Pocos se atreven a dar en público una opinión favorable a los sindicatos; ni siquiera se atreven los propios sindicalistas, que, ante la ola antisindical, reculan y guardan silencio ante la avalancha de improperios que reciben.

Sin embargo, ante la grave crisis económica, y ante las duras reformas que afectan sobre todo al mundo laboral, nunca han sido más necesarios que ahora los sindicatos. Son necesarios sus líderes nacionales, que, con su voz disonante, ponen el necesario contrapunto al discurso dominante de la clase política. Pero también son necesarios sus cuadros intermedios, imprescindibles para la negociación colectiva y para supervisar el cumplimiento de las condiciones laborales en el mundo de la empresa (más de 250 mil delegados elegidos en casi 80 mil procesos electorales representan los intereses de los trabajadores en ese ámbito).

Y qué decir de los tan vilipendiados “liberados sindicales”. En un contexto tan complejo como el de hoy, en el que se han reducido mucho los derechos laborales, ¿qué sería de los trabajadores de pequeñas empresas donde no existe representación sindical alguna, sin la ayuda de los liberados sindicales visitando uno a uno los centros de trabajo, informando y recogiendo las reclamaciones de los trabajadores?.

Como en toda institución, hay cosas mejorables en el sindicalismo, y hay personas que no ejercen sus funciones con la debida dedicación y eficiencia. Eso ocurre en el mundo de las asociaciones empresariales o en el de los partidos políticos. También sucede en ámbitos profesionales tan nobles como la abogacía, la judicatura, la medicina o la educación,  y no por eso las vilipendiamos con la dureza como lo hacemos con los sindicatos.

Hay que recordar que el sindicalismo es una institución de más de cien años de historia, que ha contribuido a muchas de las conquistas sociales que hoy disfrutamos en el mundo del trabajo. Por supuesto que tiene que adaptarse a los nuevos tiempos y que tiene que innovar para relacionarse mejor con los trabajadores (y con los que no tienen trabajo) y para ser más eficientes en sus funciones de reivindicación y defensa del mundo laboral y de los trabajadores autónomos. Pero el reto de la innovación afecta a todas las entidades, tanto públicas como privadas. El sindicalismo no puede ser una excepción si quiere sobrevivir a los cambios en curso. No lo tiene fácil en estos tiempos tan convulsos en los que surgen nuevas formas de relacionarse con el mundo del trabajo y donde el ámbito tradicional de la empresa experimenta mutaciones que eran inimaginables hace sólo un par de décadas. Aun así, el sindicalismo es necesario, ya que, sin los sindicatos, la democracia estaría mutilada.

domingo, 28 de febrero de 2016

REVUELTAS  AGRICOLAS  EN  FRANCIA
(publicado en los diarios del Grupo Joly) (04/08/2015)


Las revueltas agrícolas forman parte de la tradición francesa. En su historia reciente, ha sido habitual que el malestar agrícola de nuestros vecinos se haya manifestado en forma de cólera contra los camiones españoles, italianos o alemanes que, cargados de fruta o carne, cruzan la frontera en dirección a los mercados europeos (incluidos los franceses, ya que el mercado único y la libre circulación de productos, lo avala). Siempre he pensado que esos actos vandálicos sólo pueden ocurrir con la relajación e incluso complicidad de las autoridades encargadas de reprimirlos, por lo que procuro leerlos en clave política.

Después de varios años de calma, estalla de nuevo la protesta en la agricultura francesa, y vemos estos días cómo se ensaña con los productos agrícolas procedentes del exterior. Cabe preguntarse ¿por qué ahora?. Intentaré aportar algunas reflexiones que nos ayuden a entender lo que les pasa a los ganaderos franceses (ya que esta vez son los ganaderos los que se rebelan), y de paso comprender la complejidad e implicaciones políticas de este tema.

En general, los agricultores europeos están sufriendo dos problemas en la actualidad. Uno, es el efecto del embargo de la UE a Rusia por el tema de Ucrania (con la correspondiente reacción de Putin), que está causando serios perjuicios a algunos subsectores agrícolas, debido a que se le cierra un mercado emergente como el ruso. Como consecuencia de ello, muchos productores se ven impelidos a acudir a los propios mercados europeos con agresivas estrategias de precios generando una feroz competencia con sus conciudadanos de la UE.

El otro problema es el desequilibrio de la cadena alimentaria, debido a la globalización de los mercados alimentarios y a la desaparición de los mecanismos públicos de intervención y regulación. En ese contexto, los productores agrícolas están a merced de las grandes cadenas de distribución, sufriendo en origen las estrategias endiabladas de precios que en algunos productos están por debajo del coste.

Esos dos problemas son comunes a los agricultores de muchos países europeos, que, según su mejor o menor integración con las industrias, los capean como pueden. Por ello, debe haber algún factor interno que explique la cólera de los franceses. Y ahí tenemos que echar mano de la política. Llama la atención que el propio presidente Hollande, adalid de la integración europea, se haya mostrado comprensivo con las protestas de los agricultores, sin emitir ninguna crítica ante lo que es una evidente violación de la libre circulación de productos en el mercado único europeo.

Para entender lo que pasa hay que tener en cuenta lo siguiente. La primera consideración es que, en Francia, se vive ya en la antesala de unas elecciones presidenciales y legislativas (que tendrán lugar en 2017 y que se prevén muy competidas). En ese escenario, el derechista Front National (FN) sigue sumando apoyos, mientras que Nicolás Sarkozy irrumpe con su nuevo partido Les Republicains, aspirando a quitarle espacio al de Marine Le Pen. En esas elecciones (sobre todo en las legislativas) el voto rural será, como siempre, muy importante, debido al reducido tamaño de las circunscripciones electorales francesas (equivalente a nuestras comarcas). Por ello, ninguna fuerza política, ni siquiera la socialista (tradicionalmente de base urbana), quiere enfrentarse a la protesta agrícola de estos días, mostrándose incluso condescendiente con ella, aunque eso obligue al gobierno francés a tener que dar explicaciones en Bruselas y presentar disculpas en las embajadas de Madrid o Berlín.

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que, en Francia, el “sindicalismo mayoritario”, formado por la poderosa FNSEA y su socio CNJA (jóvenes agricultores), está teniendo cada vez más dificultades para liderar la defensa de los intereses agrícolas. Los sindicatos minoritarios (como el MODEF, la Coordination Rurale o la Confederación Paysanne), que suelen tener presencia en algunas regiones, y en algunos subsectores, pero que nunca han tenido la relevancia de los mayoritarios, comienzan a adquirir un protagonismo creciente. Así, en el caso de las actuales revueltas, el protagonismo lo está teniendo la Coordination Rurale (CR), cuyos vínculos con la derecha política son más que evidentes, especialmente con el citado FN lepenista. Además, la reacción vandálica contra camiones españoles y alemanes va directa al corazón de la integración europea, algo que es coherente con el discurso antieuropeísta que manifiestan los dirigentes agrícolas de la CR y los políticos del FN, alimentado además por la ola de desafección contra la UE que se extiende por todos los países europeos.

Finalmente, otro factor a considerar es que el liderazgo del sindicato FNSEA se está viendo cuestionado por la controvertida figura de su actual presidente Xavier Beulin. No es ganadero, sino gran cerealista (propietario de una explotación de 500 has en la Loiret), y además preside el grupo empresarial Avril (Sofiproteol), un holding presente en el sector de las oleaginosas, de las semillas y de los biocarburantes, con una cifra de negocio de casi 7.000 millones de euros. A diferencia de lo que siempre ha ocurrido en la cúpula de la FNSEA (cuyos dirigentes han solido representar al agricultor medio francés, basando en ello su fuente de legitimidad), el actual presidente Beulin es, sobre todo, un empresario con vínculos con el agrobusiness, lo que despierta recelo entre los ganaderos. Su liderazgo como dirigente agrícola es cuestionado, y más ahora en un momento en el que la cólera se dirige también contra los intermediarios industriales y contra la gran distribución. Ello explica que el sindicato Coordination Rurale (CR) esté canalizando la protesta ocupando el espacio que en otras ocasiones controlaba con habilidad los mayoritarios FNSEA y CNJA.

Estas son algunas claves para entender mejor por qué los ganaderos franceses están produciendo ahora unos actos vandálicos que nos trasladan a etapas que creíamos ya superadas en el marco de la Unión Europea.