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miércoles, 24 de mayo de 2017

LA   NOCHE  DE  LAS  PRIMARIAS
(versión ampliada del texto publicado en el Diario Córdoba el 24/05/2017)

La del 21-M fue una noche apasionante. Por una vez, la política pudo con el fútbol, y hubo más gente pendiente de los resultados de las primarias socialistas, que de la celebración del Real Madrid en Cibeles por la obtención de la Liga. Y eso que eran las primarias de un partido como el PSOE que no pasa por sus mejores momentos. Pero, la importancia que para la gobernabilidad de España aún tiene el centenario partido socialista, explica la gran expectación que despertaba en distintos círculos de opinión los resultados sobre la elección de su Secretario General. Las noches electorales siempre están cargadas de gestos que retratan la magnitud del acontecimiento, y que valen más que los discursos justificativos de rigor. Estas son mis impresiones.

a)  Las primarias han supuesto un ejercicio extraordinario de movilización de una militancia socialista que, adormecida en unos casos, e indignada en otros, se ha implicado en el proceso con una participación de más del 80%. Eso es, en sí mismo, un valor que dice mucho de la capacidad de las bases del PSOE de movilizarse, y que en este momento constituye su principal capital como partido.

b) También han mostrado la independencia de la militancia socialista a la hora de votar, ya que no se ha visto neutralizada por la fuerte influencia que han ejercido los diversos poderes fácticos, sea mediáticos, económicos o políticos. Las diferencias entre el número de avales y el número de votos de los candidatos, dice mucho de la independencia con la que se han comportado los afiliados del PSOE.

c) Los resultados han puesto de manifiesto la importante brecha existente entre la militancia y lo que coloquialmente se llama el “aparato”, constituido en este caso por los “barones” regionales (en su gran mayoría decantados a favor de Susana Díaz) y por una Comisión Gestora que, más allá de la aparente neutralidad de su presidente (el asturiano Javier Fernández), no ha sido, en opinión de muchos militantes, imparcial. La imagen de la concentración de militantes en las puertas de Ferraz gritando “Esta casa es nuestra”, acompañados de gritos de “¡Pedro! ¡Pedro!” y del canto de La Internacional, vale más que mil palabras, mostrando la brecha entre una “aparato” y una “militancia” que interpretaba la victoria de Pedro Sánchez como una especie de “reconquista” del fortín socialista del que habían sido desalojados.

d) La derrota de Susana Díaz supone también el fin de lo que se ha llamado el “felipismo”, retratado en el apoyo a la dirigente sevillana de los más emblemáticos dirigentes socialistas (Felipe, Guerra, Rodríguez de la Borbolla, Abel Caballero, Bono,…) y de los secretarios generales Zapatero y Rubalcaba (no así de Almunia), que hoy puede que estén lamentándose de no haber apoyado a Patxi López. Es un rechazo en toda regla de una generación de políticos socialistas que han contribuido a las reformas democráticas de nuestro país, pero que se ha resistido a dejar la primera fila y se ven desairados por un amplio sector de la militancia que no se reconoce en ellos.

e) En cuanto a las reacciones de los candidatos derrotados, la de Patxi López fue impecable felicitando al ganador, poniéndose al servicio del nuevo Secretario General y dispuesto a colaborar para unir e integrar al PSOE. Por el contrario, no se puede decir lo mismo de la reacción de Susana Díaz. En su corto discurso, no se puso a disposición de Pedro Sánchez, sino a la del partido (¿qué significa eso?), y salió de Ferraz de manera intempestiva sin esperar a escuchar las palabras del nuevo Secretario General. Comprendo que no era plato de buen gusto para Susana Díaz salir a escena en esa aciaga noche, cuando todas las grandes expectativas de victoria que se le habían creado por ese círculo de aduladores que suelen acompañar a los políticos, se habían venido abajo en cuestión de minutos. Pero, la imagen de su reacción en la noche del 21M, rectificada al día siguiente, quedará en la memoria de los militantes socialistas, y puede que actúe como una pesada losa sobre Susana Díaz si algún día decide reiniciar el proceso de conquista del poder en el PSOE.

f) La reacción del ganador Pedro Sánchez, tiene dos lecturas. Una interna, dirigida a los militantes que le han apoyado, a los que les ha trasladado con bastante realismo que nada termina el 21M, sino que todo empieza esa noche, dando a entender que comienza un camino nada fácil de renovación del partido, cuyo primer escenario de dificultad será el próximo congreso extraordinario. Como corolario de ese mensaje interno, está la mano tendida a todo militante que, no votando a su candidatura, esté dispuesto a participar en ese proceso de reforma y regeneración. La lectura externa se puede expresar en el cambio del “No es No” que le ha acompañado en su campaña, al “Sí es Sí” que gritaban sus votantes en la noche de las primarias. Si unimos eso a la afirmación de Pedro Sánchez de que el PSOE, además de aspirar a sustituir en la jefatura del gobierno al PP, hará una oposición útil, nos encontramos con un mensaje que no parece guiado por el resentimiento, sino que se proyecta al futuro, un futuro cuya primera prueba de fuego será la moción de censura presentada por Unidos Podemos hace unos días.

Son impresiones de una noche de la que se sale con la convicción de que el cambio y la regeneración del PSOE comienzan, efectivamente, el día después del 21M, pero también con la sensación de que no va a serle fácil a Pedro Sánchez y su equipo. Su fuerza, basada en la militancia, es una fuerza emocional, lo que no es baladí, pero carece de la fuerza orgánica necesaria en todo partido político para emprender una reforma profunda de sus estructuras y modelo de funcionamiento.

Me temo que las primarias han sido un primer asalto de un combate que tendrá en el congreso extraordinario de junio su continuidad, aunque no su desenlace final. Sectores hoy instalados en el “aparato” se resistirán a perder sus posiciones de poder en favor de una militancia que, en su mayor parte, está formada por afiliados que no han ocupado cargos orgánicos y que aspiran a ocuparlos, o por militantes con cuentas pendientes dispuestos a saldarlas. De cómo satisfacer esas aspiraciones, y de cómo frenar la inevitable actitud revanchista que suele instalarse en los corazones despechados, dependerá el futuro del proyecto de Pedro Sánchez, pero también el futuro del PSOE como alternativa de gobierno.

El cambio y regeneración del PSOE no puede hacerlo sólo el grupo ganador, por mucho que haya obtenido una incuestionable victoria con más de la mitad de los votos de los militantes. Necesita contar con una amplia base de apoyo, y eso pasa por atraer a lo mejor de los equipos de los otros dos candidatos, equipos que cuentan con personas de valía política y profesional que no pueden ni deben ser desaprovechadas en un arrebato de soberbia y arrogancia por parte de los ganadores.

Porque no es sólo sustituir unos cargos por otros, sino algo mucho más difícil, como es elaborar un programa de gobierno con propuestas creíbles y factibles que respondan a los complicados retos de la España del siglo XXI (de reformas económicas, de regeneración política, de igualdad y cohesión social, de reforma de la estructura territorial del Estado, de posicionamiento en la escena europea,…) y que marquen diferencias respecto a otros partidos.


Pero para ello, el PSOE se tiene que mostrar como un partido reconocible, dispuesto a afrontar ese desafío en cooperación con otras fuerzas políticas afines, pero también con partidos que, situados en posiciones ideológicas distintas, son necesarios para abordar las reformas constitucionales y los grandes temas de Estado. Tal es la diferencia entre un partido con vocación de gobierno, que es lo que ha sido el PSOE en estos cuarenta años de democracia, y un partido condenado a ocupar un espacio en la oposición. Ese es el dilema que tiene que resolver Pedro Sánchez y el equipo que salga del congreso de junio.

lunes, 15 de mayo de 2017

#PRIMARIAS   EN  EL   #PSOE  


La ola participativa es el signo imparable de los tiempos, y algunos de los viejos partidos acostumbrados a la cultura representativa, se suben, de forma precipitada e incluso oportunista, a esa ola de la participación directa de la militancia.

Como una especie de huida hacia adelante, los partidos socialdemocratas buscan en las primarias ese bálsamo de Fierabrás que les haga salir de la crisis en que están sumidos en un escenario tan complejo como el actual marcado por la globalización económico-financiera, el avance de la robótica en los procesos de producción, la precarización del empleo y el aumento de la desigualdad.

Sin embargo, hay serias dudas sobre la utilidad de introducir primarias en partidos de cultura representativa sin llevar a cabo previamente reformas que adapten su modelo de funcionamiento a la cultura participativa. En casos así, las primarias dividen más que unen, creando dentro de los partidos políticos disrupciones internas de difícil solución.

Eso es lo que le está ocurriendo al PSOE, un partido roto tras la crisis del 1 de octubre del año pasado durante el Comité Federal (las “idus de octubre” como las llama Borrell en su último libro). Sin haber aprendido la lección del conflicto que se originó hace ya veinte años con la disputa Almunia-Borrell, afronta de nuevo unas elecciones primarias sin modificar suficientemente los estatutos para resolver el problema de la doble legitimidad que comporta elegir por primarias al secretario general del partido, elegir a los órganos ejecutivos mediante delegados y designar por el Comité Federal al candidato a las elecciones.

Tres candidatos muy diferentes compiten. Dos de ellos (Pedro Sánchez y Susana Díaz) enfrentados política y personalmente y decididos no sólo a no pasar página de aquellos aciagos acontecimientos, sino a utilizarlos como fuente de legitimidad de sus respectivas posiciones, tal como se ha puesto de manifiesto en el debate del lunes 15 de mayo en la sede de Ferraz. El tercer candidato (Patxi López) se presenta, por el contrario, con un mensaje de conciliación remarcando la necesidad de superar las tensiones de aquel bochornoso día y de establecer puentes que puedan coser un partido tan dividido como el PSOE de hoy.

Lamentablemente, la dinámica de polarización que suele acompañar a las primarias en todo partido que las aplica, deja poco espacio a candidatos, como Patxi López, que abogan por el diálogo y el debate racional, imponiéndose una lógica de enfrentamiento entre facciones que produce desgarros difícil de coser después.

La opción de Patxi López es, en opinión de muchos analistas, la única con capacidad para curar las heridas abiertas en el PSOE, ya que fue leal con el secretario general cuando estuvo en la Ejecutiva de Pedro Sánchez, y fue también leal con la Comisión Gestora cumpliendo la decisión de abstenerse en la investidura de Rajoy. Además de haber tenido una trayectoria impecable como lendakari, es el único de los tres candidatos que es diputado, lo que tiene gran importancia en un sistema parlamentario como el nuestro.

Sin embargo, en la lógica de facciones que impera hoy en el PSOE, la opción serena de Patxi López pierde enteros conforme se aproxima el día 21, fecha de las votaciones, y eso a pesar de que en su intervención en el debate del pasado lunes emergió por encima de la confrontación personal de Pedro Sánchez y Susana Díaz, presentándose como el candidato capaz de apaciguar al partido socialista. No obstante, aunque, en un gesto de coherencia, Patxi López ha dicho que no se retira, la posición de los que ahora le apoyan y le han avalado puede ser decisiva si éstos deciden finalmente darle utilidad a su voto decantándose por uno de los otros dos candidatos.

Así que lo más probable, y salvo sorpresas de última hora, es que todo se resolverá en un cuerpo a cuerpo entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, cada uno de ellos erigiéndose, respectivamente, en adalid de la militancia o en depositaria del legado socialista, con las “idus de octubre” como base de sus respectivos relatos.

Pedro Sánchez, el defensor de la militancia

Paradójicamente, Pedro Sánchez, que representa el pasado inmediato del PSOE por haber sido secretario general durante tres años, se presenta como el candidato del futuro. Apelando a los sentimientos de una militancia indignada con el “aparato” por los hechos del pasado octubre, propone un modelo de partido más participativo en el que los afiliados tengan voz en las grandes decisiones estratégicas, algo que tendrá que cuadrar con la cultura representativa y no asamblearia del PSOE.

El mensaje que difunden sus rivales de que Pedro Sánchez llevó al partido a los niveles electorales más bajos, no es creíble, y además es malintencionado. Los que así opinan no tienen en cuenta que la gestión de Pedro Sánchez al frente del PSOE tuvo lugar en una etapa muy difícil, habiendo heredado de Rubalcaba un partido roto y en horas bajas, y teniendo que competir con nuevos partidos (Podemos y Cs). No quieren reconocer que la debacle socialista se produjo con el propio Rubalcaba como candidato en las elecciones de 2011.

No siempre un dirigente político tiene que dimitir tras una derrota electoral, ya que depende de las circunstancias en que se produce dicha derrota (si el partido ganador obtiene mayoría absoluta no es lo mismo que si no la consigue y hay opción a construir una mayoría alternativa) y depende también del grado de apoyo que sigue suscitando en la militancia (Felipe González perdió las elecciones de 1977 y 1979 y no por eso dimitió).

Sin embargo, no comparto el discurso victimista con el que, los partidarios de Pedro Sánchez, quieren presentarlo como el mártir de una operación de acoso y derribo contra él por parte de sectores del PSOE vinculados a los poderes fácticos (IBEX 35, grupo Prisa,…) Es una tesis conspirativa que tiene mucho de paranoia. La política es lucha por el poder, y Pedro Sánchez, quedándose en minoría en la Comisión Ejecutiva, perdió el pulso que echó al Comité Federal en la citada tarde del 1 de octubre. Nadie lo echó ni lo descabalgó de la secretaría general como quieren difundir sus partidarios, sino que se arriesgó en la lucha por el poder, perdió y dimitió. Eso fue todo. Podría haber terminado su carrera política esa noche, pero, al igual que otros dirigentes dimitidos (como Felipe González en 1979 o ahora Matteo Renzi), lo vuelve a intentar con serias posibilidades de lograrlo. Está en su derecho.

Utilizando de manera vaga la referencia a la “izquierda” como seña de identidad de los socialistas, y apelando a una estrategia frentista para descabalgar al PP (algo contradictorio con la vocación de gobierno de un partido como el PSOE proclive siempre a la colaboración con el principal partido de la oposición en asuntos de Estado), Pedro Sánchez dirige su mensaje al corazón de la militancia. Sus discursos en los mítines de campaña van cargados de emotividad porque sabe que muchos militantes votarán con el corazón más que con la cabeza.

Poco interés ha tenido en debatir su programa político en caso de salir elegido, manteniéndose en una ambigüedad que puede volverse contra él. De hecho ha cambiado dos veces el contenido del programa, la última marcando distancias con Podemos para evitar que se le tache de “podemizar” al PSOE, e intentando aclarar, a duras penas, su posición inicial respecto al encaje constitucional del tema catalán y su definición de España como “nación de naciones”.

Es un enredo programático innecesario en el que se ha metido Pedro Sánchez, por cuanto que el programa del PSOE es algo que tendrá que aprobarse en el próximo congreso y la estrategia de alianzas le corresponde al Comité Federal. Ha sido, por tanto, un exceso de transparencia que puede costarle caro.

Susana Díaz, la depositaria del legado socialista

Por su parte, Susana Díaz se presenta como la candidata que recoge el legado de la historia socialista, habiendo sido arropada por los dirigentes que han llevado las riendas del PSOE en los últimos 35 años (Felipe, Guerra, Zapatero, Rubalcaba, Borbolla,…) y por la mayoría de los actuales “barones” regionales. En ese sentido puede calificársele como la candidata “oficialista”, siendo ella misma la que dirige la federación andaluza (la más importante del PSOE) y quien preside la Junta de Andalucía. Ejerce, por tanto, de “primus inter pares” entre los “barones” que le apoyan.

Sin embargo, paradójicamente, esa demostración de fuerza y su perfil “oficialista”, puede ser también su debilidad, ya que, a pesar de su juventud, Susana Díaz es identificada por muchos jóvenes militantes socialistas como una dirigente de la vieja escuela, como la candidata de un “aparato” cuestionado por un amplio sector de la base social del PSOE, contribuyendo a ello el modo como se ha comportado la Comisión Gestora en los últimos meses.

En contraste con la imagen serena de su presidente, el asturiano Javier Fernández, el modo como se ha movido la Comisión Gestora no es percibido por la militancia como imparcial. Extralimitándose en sus funciones (que, según los estatutos del partido, deben ser provisionales y centradas exclusivamente en la preparación de un congreso extraordinario que se ha retrasado en exceso) y eligiendo un portavoz (Mario Jiménez) del grupo pretoriano de Susana Díaz, la militancia percibe que la Comisión Gestora no ha dado la imagen de neutralidad que hubiera sido deseable, sino todo lo contrario, despertando en los afiliados la suspicacia de que ha actuado en favor de la candidata andaluza. Ello ha redundado aún más en la consideración de Susana Díaz como la candidata oficialista, alejándola de una militancia sensible a todo lo que “huela” a manejos del “aparato” del partido.

El discurso de Susana Díaz apela a su vocación de victoria (algo obvio y común a los demás candidatos) y a su experiencia ganadora, sin reconocer que obtuvo en Andalucía en 2015 más de cien mil votos menos que Griñán en 2012. También apela a sus orígenes obreros (algo que está cada vez menos en sintonía con una sociedad interclasista como la española), a la defensa de la unidad de España (con la ambigüedad suficiente para no entrar en los arenas movedizas del federalismo) y a su voluntad de hacer del PSOE un partido “reconocible” respecto a otros partidos (con la mirada puesta en la sombra de Podemos).

Este mensaje podría funcionar si se dirigiera al que ha sido en los últimos años el tradicional electorado socialista (bases rurales, mayores, de formación media/baja,…). Pero resulta que quien votará en las primarias no será ese cuerpo electoral, sino una militancia que se ha politizado a marchas forzadas en este último año de convulsiones y que desea una refundación del partido para que conecte con las aspiraciones y con la cultura de las nuevas generaciones. Esto explica que muchos afiliados no vean ni en la estética política de Susana Díaz y su grupo, ni en el contenido de su mensaje, lo más adecuado para sintonizar con una militancia cada vez más formada y exigente.

Su fulgurante carrera política (designada sucesora por Griñán en el socialismo andaluz, pero soslayando de mala manera las primarias que no tuvieron lugar), y su balance como presidenta de la Junta de Andalucía, tras un pacto de gobierno, primero con IU y luego con Cs, no es para vanagloriarse.

La comunidad andaluza sigue sin resolver sus grandes problemas históricos (el alto nivel de paro, la baja renta per capita, el escaso tejido industrial,…) y, tras la apariencia de unidad, subyace en el PSOE-A una profunda desafección y un distanciamiento del electorado socialista (sólo hay que acudir a la serie histórica de las encuestas de diversos centros demoscópicos andaluces).

Su aún corto bagaje político, explica, por tanto, que no haya en amplios sectores de la militancia la sensación de que Susana Díaz será mejor secretaria general que Pedro Sánchez, ni de que, llegado el caso, será la mejor candidata para ganar las próximas elecciones.

Después del 21-M

Y después del 21-M ¿qué? No comparto los mensajes apocalípticos que están acompañando a las primarias socialistas y que alertan del riesgo de destrucción del PSOE.

Puede que sea verdad, como se dice, que, si gana Susana Díaz, muchos de los partidarios de Pedro Sánchez (en su gran mayoría militantes de base sin cargos orgánicos ni institucionales) se darán de baja en el partido y emigrarán a otros lares políticos. También que si gana Pedro Sánchez será más difícil que se produzca la salida del grupo derrotado, dada la condición de muchos de los miembros del grupo de Susana Díaz de ser cargos de responsabilidad en el partido o en las instituciones autonómicas, lo que les hará quedarse en una especie de “cohabitación” con el grupo vencedor.

Sin embargo, lejos de esos mensajes, tanto Patxi López, como los dos candidatos con más opciones de victoria (Susana Díaz y Pedro Sánchez) son políticos que han hecho su carrera en la estructura del partido, por lo que su lealtad institucional no debe ponerse en duda.

Dado que, a la vista de lo ocurrido con los avales, se prevé unos resultados muy ajustados, el único peligro de destrucción del partido vendrá si después de las primarias no se produce la integración, sino la exclusión, del grupo derrotado. Y ahí el sector de Patxi López podría desempeñar un papel importante actuando como el pegamento necesario para integrar al grupo de Pedro Sánchez y al de Susana Díaz, sea cual fuere el derrotado tras las primarias.

Porque si el PSOE quiere recuperar el espacio perdido y ser de nuevo alternativa de gobierno, va a necesitar reinventarse, recogiendo, sin duda, el legado histórico del partido, pero introduciendo también una nueva cultura política que sintonice con las generaciones jóvenes. El PSOE que salga de las primarias ha de dar respuesta a los retos de la educación en la era cibernética y presentar propuestas viables y creíbles sobre cómo mantener el sistema de bienestar sin desequilibrar las cuentas públicas, sobre cómo responder al desafío de la economía digital y sobre cómo ofrecer algún tipo de garantía social a ese sector de la población que inevitablemente quedará en el lado de los perdedores de la globalización económica (ver el artículo de Ignacio Urquizu “Lo que decidimos los socialistas”, publicado en el diario El País, el pasado 11 de mayo).

Y todo ello con una estrategia de partido con vocación de gobierno, es decir, un partido dispuesto a alcanzar acuerdos con todos los partidos del arco parlamentario, y no sólo con los de un sector del hemiciclo. Da la impresión de que ninguno de los candidatos puede por sí solo responder a esos retos, por lo que se hace más necesaria si cabe la integración entre sus respectivos grupos tras el domingo 21 de mayo.

Una victoria excluyente de Pedro Sánchez sin integrar a los demás grupos, situaría al PSOE en un espacio de izquierda cercano a Podemos, que podrá ser del gusto de los militantes que lo han votado, pero que le hará perder la simpatía del electorado centrista tan necesario para ganar las próximas elecciones. Por su parte, una victoria igualmente excluyente de Susana Díaz posicionaría al partido en un espacio percibido como más a la derecha, y dejaría a su izquierda un amplio espacio libre para que lo ocupe Podemos.

De ahí que sea necesaria la integración tras el 21-M. La oportunidad para ello será con ocasión del congreso extraordinario, donde dentro de un mes se dirimirá el futuro del PSOE. Porque, en contra de los que afirman que las elecciones se ganan en el centro, soy de los que piensan que se ganan ocupando previamente un espacio propio (a derecha, caso del PP, o a la izquierda, caso del PSOE), para luego, desde esa posición clara y reconocible, atraerse al electorado de centro con propuestas creíbles de cambio y reforma.

Pero para ello, el PSOE necesita de las distintas “almas” que coexisten dentro de él, ésas que hoy se reflejan en los tres candidatos, y que siempre le han acompañado en la historia centenaria del partido.

jueves, 27 de octubre de 2016

LIBERTAD DE VOTO Y ABSTENCIÓN


El Comité Federal del pasado domingo resolvió el endemoniado "trilema" que tenía el PSOE acordando, por mayoría de sus miembros, abstenerse en segunda votación para desbloquear la situación política y facilitar la investidura de Rajoy.

Pero se le abre ahora un nuevo dilema: si obligar a todo el grupo parlamentario a que se abstenga acatando la disciplina de voto, o acordar la abstención parcial (abstención técnica) de sólo el número de diputados que sea necesario para la investidura.

La intención de la actual Comisión Gestora es persuadir a todos los diputados para que, en bloque, se abstengan, pero la realidad es que eso ya no va a ser posible después de que el PSC haya decidido votar en contra. De este modo, la división del grupo parlamentario es un hecho, una división que podría agravarse si el ejemplo de disidencia de los socialistas catalanes lo siguen otros diputados contrarios a la abstención.

Algunos analistas, y no pocos militantes del PSOE, proponen una abstención parcial dejando libertad de voto para que cada diputado vote en conciencia. Ante esa posibilidad, la dirección socialista y algunos respetados dirigentes históricos consideran que no tiene sentido apelar a la conciencia sobre un tema, como el de la abstención, que es de naturaleza no moral, sino política. Me permito dar algunas opiniones sobre este asunto.

En general, se puede estar de acuerdo en que la posición de un grupo parlamentario respecto a un asunto como el de abstenerse ante la investidura de un candidato de la oposición, es una decisión política. Pero el caso que nos ocupa (la investidura de Rajoy) tiene una singularidad tal, que lo convierte también en un asunto de naturaleza moral.

Los 96 miembros del Comité Federal que votaron en contra de la abstención lo hicieron con el argumento de que es “inmoral” facilitar la investidura de un candidato, como Rajoy, que preside un partido lleno de corrupción y sobre el que, siendo presidente del mismo, no ha asumido responsabilidad alguna. Es el mismo argumento que seguro esgrimen muchos parlamentarios socialistas contrarios a la abstención. Son posiciones que tienen una base moral, y que, por ello, trascienden el ámbito exclusivo de la política para entrar en el terreno de la conciencia.

Tiene sentido, por tanto, tratar este asunto como un asunto no sólo de naturaleza política, sino también moral, y en consecuencia sería coherente con ello que la Comisión Gestora dejara libertad de voto para que cada diputado socialista actúe según su conciencia en las votaciones que se van a desarrollar en la sesión de investidura del candidato Rajoy.

En otras ocasiones, excepcionales bien es verdad, el PSOE ha dejado que sus diputados voten en conciencia, y esta vez la situación es también excepcional, por lo que la Comisión Gestora debería plantearse esa opción como la mejor salida al dilema socialista.

Es, además, una salida que, en términos prácticos y no morales, resuelve el actual dilema con el menor coste posible para el PSOE, dado que hay asegurada una mayoría de diputados que se abstendrán, garantizándose así la aplicación en sede parlamentaria de la decisión del Comité Federal.

No me parece una posición inteligente de la Comisión Gestora, esgrimir la disciplina de voto cuando, de hecho, siete diputados (los del PSC) ya han anunciado que la romperán, y cuando puede haber algunos más que también la rompan en el momento de la votación.

Aferrarse a la disciplina de voto cuando los métodos de persuasión (sanciones incluidas) no van a ser eficaces, es una posición rígida de alto riesgo, ya que conduciría no sólo a visibilizar aún más la división existente en las filas socialistas, sino a generar un conflicto interno de no fácil gestión.

En definitiva, el sentido del voto de un grupo parlamentario es, en general, un asunto político que, en situaciones normales, exige la disciplina de voto para dar certidumbre a la posición de un partido político.

Pero en momentos excepcionales, como éste, donde se mezclan cuestiones morales y políticas, y cuando la división de grupo parlamentario socialista es un hecho, dejar que los diputados voten según su conciencia, sería una solución no sólo aceptable, sino necesaria para evitar males mayores.

viernes, 21 de octubre de 2016

ABSTENCIÓN  SOCIALISTA  E  INTERESES  GENERALES
(actualizado después de la votación en el Comité Federal del PSOE)   


Entramos en unos días cruciales para que se produzca el desbloqueo de la actual situación política en España. En el Comité Federal del PSOE del domingo, se ha decidido por 139 votos a favor y 96 en contra, abstenerse en la segunda votación de la sesión de investidura de Rajoy, lo que facilitará la formación de un gobierno del PP.

Ha sido una sesión impecable en términos democráticos, tras más de 50 intervenciones (unas a favor de la abstención y otras en contra). Consultar a la militancia era una propuesta legítima, pero también la de no hacerlo, ya que los estatutos del PSOE indican que es el Comité Federal el órgano competente en temas relacionados con la política de pactos. Por tanto, el PSOE ha hecho un buen ejercicio de democracia interna. Ahora toca explicar la decisión y asumir las críticas internas y externas que puedan venir.

Lo que me interesa aquí es reflexionar sobre el tema de la gobernabilidad y el interés general, un tema que ha sido tenido poco en cuenta en este endemoniado carrusel táctico en el que cada dirigente socialista, cada militante y muchos votantes del PSOE, han hecho sus cábalas y valoraciones pensando siempre desde una perspectiva de partido.

También este tema ha estado ausente en la estrategia inmovilista del PP desde el 20-D, una estrategia guiada por intereses partidistas, esperando que sean los demás partidos los que se agoten, sin importarle ni un ápice el problema de la gobernabilidad y los intereses generales del país. Si le hubiera importado, se habría abstenido ante el pacto PSOE-Cs o incluso habría propuesto otro candidato distinto a Rajoy en la pasada sesión de investidura.

Centrándonos en el entorno socialista, encontramos, de un lado, a los que defienden la abstención, y así lo han planteado en el Comité Federal, a entender que es la mejor opción para el PSOE si se quería evitar unas terceras elecciones que conducirían a un empeoramiento de la situación del partido ante las expectativas de que el PP incremente su apoyo electoral y Podemos logre el sorpasso que no consiguió el 26-J. El dirigente extremeño Fernández Vara, uno de los más firmes defensores de la abstención, ha sido claro en este sentido: “No estamos eligiendo entre que gobierne o no Rajoy, sino entre que gobierne hoy o lo haga dentro de 55 días en mejores condiciones que ahora”. Es éste un planteamiento defensivo con la mirada puesta en los intereses a corto plazo del PSOE.

De otro lado, están los que han venido opinando que no se debe permitir que gobierne un partido corrupto como el PP, presidido por un dirigente como Rajoy, cómplice por acción u omisión de los desmanes de la trama Gürtel o de los papeles de Bárcenas. Esa posición, defendida con firmeza en el Comité Federal, y apoyada aparentemente en una base ética (es inmoral facilitar el gobierno a Rajoy), está también marcada por un objetivo táctico (si el PSOE se abstiene, cavará su propia tumba y será sustituido por Podemos en el liderazgo de la izquierda).

Entre los partidarios de alguna de esas dos opciones no he escuchado argumentos guiados por el interés general y que vayan más allá de los intereses partidistas. Salvo alguna excepción (como la de Ramón Jáuregui), no he oído decir a los actuales dirigentes socialistas que, en ausencia de mayoría alternativa, la abstención deba justificarse por el objetivo de favorecer la gobernabilidad de un país como el nuestro sumido en una coyuntura tan compleja como la actual. Tampoco he escuchado apelar al interés general entre los que apuestan por la no abstención y el rechazo a la investidura de Rajoy. Sólo he escuchado posicionamientos tácticos guiados por el interés de partido.

Sin embargo, creo que el tema de la gobernabilidad y el interés general es relevante y debería haber estado presente en los debates del Comité Federal del PSOE. Una vez tomada, la abstención no debe presentarse como un mal menor, como una mera justificación táctica planteándola como si fuera algo vergonzante para el partido, sino explicarla en positivo, en términos de la gobernabilidad y los intereses generales, y obrar en consecuencia. No sentir vergüenza por abstenerse, sino hacerlo con el orgullo de contribuir a la gobernabilidad de nuestro país en un momento tan complicado como el de ahora y ante la magnitud de los retos que tenemos por delante.

Sólo así el PSOE podrá marcar un territorio diferenciado respecto a otros grupos (como Podemos) y podrá estar en condiciones de recuperar ante la ciudadanía la credibilidad como alternativa de gobierno, aunque ello le suponga costes elevados entre sus militantes. Sólo desde esa base, la abstención tendrá alturas de miras y no será una decisión política de vuelo bajo pensando sólo en los intereses del partido.

Porque si, guiada por un objetivo táctico, la abstención queda como una decisión coyuntural para permitir que Rajoy forme gobierno, pero el PSOE opta, como ya han señalado algunos dirigentes socialistas (como Iceta o Madina), por una estrategia obstruccionista en el Parlamento para hacer imposible que el PP gobierne, me temo que el recorrido de la legislatura será muy corto, y tendremos nuevas elecciones de aquí a un año. Lo único que se habría conseguido con ello es desbloquear temporalmente la situación política de hoy, pero para continuar con el bloqueo al día siguiente de la formación del nuevo gobierno. Para ese viaje, el PSOE no necesita las alforjas de la abstención, salvo que con ello sólo busque ganar tiempo con la esperanza de recomponer sus hoy mermadas y divididas bases de apoyo y hacer frente al empuje de Podemos.

Comprendo que en la lógica interna de todos los partidos políticos, cuya aspiración es alcanzar el poder, las decisiones se suelen tomar pensando en los intereses del partido, y así ha sido desde que se fundó la democracia en Atenas. Pero en partidos con vocación de gobierno se debe pensar también en el interés general, contribuyendo a asegurar la gobernabilidad, generando certidumbre y garantizando la estabilidad política.

Y eso, en el caso del PSOE, no sólo consiste en que el aún primer partido de la oposición se abstenga para, ante la imposibilidad de armar una mayoría alternativa, facilitar el gobierno del partido que ganó las elecciones el 26-J. Es necesario, además, que adopte una actitud colaboradora y apueste por una estrategia basada en la cultura del pacto y el acuerdo sobre los grandes retos que tiene pendiente nuestro país, en vez dejarse atrapar por la táctica de Podemos de bloquear desde el minuto uno la acción del gobierno.

Obviamente, para alcanzar acuerdos es necesario que el futuro gobierno del PP tenga una actitud favorable a ello, abandonando posiciones excluyentes y estableciendo puentes con los grupos de la oposición para abordar materias tan importantes como la reforma constitucional (para tratar de darle una salida a las tensiones territoriales), la reforma educativa, la seguridad ciudadana, la lucha contra el terrorismo yihadista, la reforma de las pensiones o la participación activa en las instituciones europeas.

La primera prueba de toque se verá en el próximo discurso de investidura de Rajoy, donde el candidato del PP tendrá oportunidad de mostrar cual será la actitud de su gobierno para la próxima legislatura y cómo piensa gobernar en situación de minoría. Ahí, en la sesión de investidura, Javier Fernández, el presidente de la Comisión Gestora del PSOE, tendrá también la oportunidad de mostrar ante los ciudadanos qué actitud van a desarrollar los diputados socialistas en su labor de oposición: si cooperadora u obstruccionista.

Si el PSOE es capaz de definir en el debate de investidura una estrategia propia (no seguidista ni dependiente de lo que haga Podemos) y es capaz de mostrar su voluntad de alcanzar grandes acuerdos de gobernabilidad con el PP, siempre que éste muestre también una actitud abierta y colaboradora, le habrá merecido la pena el enorme esfuerzo de abstenerse. Marcará con ello un territorio propio en su estrategia de oposición, un territorio acorde con la trayectoria reformista y de vocación de gobierno que ha tenido el PSOE desde 1978, y que está en la esencia de su ideología socialdemócrata, aunque ello le genere deserciones entre su militancia.

Pero si la estrategia de la abstención va a consistir en desbloquear la actual situación política para bloquear más tarde la acción de gobierno apuntándose a tácticas obstruccionistas y de movilización permanente, de poco le habrá servido al PSOE abstenerse salvo para ver cómo se amplían las divisiones y desgarros internos que ha sufrido en estos últimos meses y cómo se achica su espacio político en beneficio de otros partidos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

CANCION   TRISTE   DEL   PSOE
(Texto escrito antes de la reunión del Comité Federal del sábado 1 de octubre
y de la dimisión de Pedro Sánchez)


No era necesario tamaño despropósito como el que están protagonizando los dirigentes del PSOE ante la vergüenza de sus militantes, la indignación de sus votantes y el estupor de la sociedad española en general. No era necesario tan lamentable espectáculo para certificar el estado calamitoso en que se encuentra el partido socialista. Su agonía puede prolongarse aún más, como en los primeros versos del poema de César Vallejo, cuando dice que “…el cadáver ¡ay! seguía muriendo”.

Las diferencias se podían haber dirimido en el seno de los órganos del partido (en el Comité Federal convocado para el próximo sábado). Pero el sector crítico, ante el miedo a que esa batalla se perdiera, decidió actuar antes, anticipándose con la dimisión de la mitad de los miembros de la Comisión Ejecutiva. Desde el punto de vista orgánico, Pedro Sánchez y su equipo se encuentran en minoría, lo que debería conducirle en situaciones normales a la dimisión, lo estipule o no los estatutos. Pero la situación del PSOE no es normal sino excepcional.

No obstante, no cabe hablar de "golpe", sino simplemente de lucha por el poder utilizando unos y otros los resortes estatutarios existentes, e interpretándolos cada grupo en su propio beneficio. Para "golpe" el que Pedro Sánchez y su actual ejecutiva fraguaron contra Tomás Gómez en la FSM (madrileña). Lo de ahora es algo tan viejo como la propia política, y tan común a todos los partidos: pugna por conquistar el poder en el seno de un partido político.

Sea como fuere, lo cierto es que el enroque de la actual dirección, apelando a la militancia, está provocando el choque entre dos legitimidades dentro del PSOE: la que apela a las bases de afiliados (democracia directa), y la que proviene de los órganos de dirección del partido (democracia representativa). Es un conflicto de legitimidades que no se resuelve por la vía de recurrir de forma oportunista a las primarias, un recurso éste que, planteado de forma precipitada, genera más problemas que soluciones.

El espectáculo de ayer ante las puertas de Ferraz fue bochornoso. Lo de Verónica Pérez, atribuyéndose la autoridad del partido, mientras ni siquiera le dejaban entrar en la sede, es una escena berlanguiana para enmarcar. Y todo puede ir a peor si, como se ha difundido en las redes sociales, los militantes que apoyan a Pedro Sánchez se concentran mañana en Madrid como si de una guardia pretoriana se tratara.

Así las cosas, el próximo Comité Federal se presenta tenso, con los puentes rotos y con las divisiones y rencillas a flor de piel. No es el escenario más idóneo ni para debatir sobre el futuro inmediato del partido (fecha del congreso y de las primarias) ni para dirimir la gran cuestión que interesa al conjunto de la ciudadanía: si el PSOE se va a abstener para facilitar el gobierno del PP en una futura sesión de investidura; si va a votar en contra y formar una opción alternativa por la izquierda, o si apuesta por ir a terceras elecciones.

Ante esta confrontación táctica por hacerse con los restos del naufragio socialista, me voy a permitir dar algunas opiniones. En primer lugar, el citado conflicto entre legitimidades es un falso debate. Apelar, como hace Pedro Sánchez, a la fuerza de la  militancia frente a los órganos de dirección en un partido que lleva desangrándose varios años hasta apenas alcanzar los actuales 190.000 afiliados (¿cuántos de ellos están realmente activos?), es cuando menos una apelación ridícula. Aún más, cuando las propias bases del PSOE y los órganos directivos están divididos sobre cuál debería ser la mejor estrategia en estos momentos (si la abstención o la formación de una alternativa por la izquierda). La mejor prueba de esa división es la fractura producida en la comisión ejecutiva.

No obstante, no se aprecia respecto a este tema un claro enfrentamiento entre esas dos legitimidades, ya que las diferencias atraviesan tanto a la militancia, como a los dirigentes. Lo mismo ocurre entre los votantes socialistas, que también están divididos sobre este asunto. Por eso, la apelación a las bases como representantes de la “pureza” democrática en el PSOE frente a unos dirigentes orgánicos a los que se les estigmatiza como “casta”, no es justificable y tiene mucho de populismo, lo que demuestra hasta qué punto el lenguaje de Podemos ha calado en las filas socialistas. 

En segundo lugar, la convocatoria urgente de un congreso y de unas primarias para elegir al secretario general del PSOE, es de una gran irresponsabilidad, rayana en la frivolidad, ante el calendario que tenemos por delante. Con la posibilidad de una nueva sesión de investidura, y, si fracasa, con el horizonte de unas terceras elecciones a mediados de diciembre, no acierto a comprender la utilidad de embarcar al PSOE en un congreso que, por fuerza, tendrá que organizarse de forma precipitada y con las heridas abiertas de la actual conflagración interna. Pero ya no hay vuelta atrás; tanto los oficialistas, como los críticos, ambos con su actitud irresponsable, abocan al partido a la convocatoria de un congreso extraordinario que tendrá que celebrarse en las próximas semanas. Sería el mejor entrenamiento para una nueva derrota electoral socialista, que dejaría en un recuerdo glorioso los actuales 85 diputados, y que no sólo conduciría al sorpasso de Podemos, sino al batacazo del propio PSOE y su descenso a niveles nunca alcanzados en su larga historia.

En tercer lugar, el actual conflicto tiene que dirimirse en el seno del Comité Federal, quizá no en la reunión de mañana sábado, pero sí en otras posteriores. Debe reunirse tantas veces como sean necesarias hasta coser, en lo posible, y si no aplazar, las actuales heridas, y alcanzar una posición unitaria, aunque eso pueda significar la salida de algunos dirigentes y la desafección de parte de la militancia. El PSOE debe pensar más en el amplio número de votantes que aún conserva, que en su exigua militancia, y para ello es más urgente intentar definir una estrategia clara ante el actual escenario político (qué hacer ante una nueva sesión de investidura), que intentar resolver de forma precipitada las diferencias internas del partido.

En cuarto lugar, y en consonancia con esto último, el Comité Federal del PSOE debe resolver el trilema del “no, no y no”. Empecemos por el último “no”. Si no quiere ir a terceras elecciones, que le serían mortales, tiene que decidirse entre formar una mayoría alternativa, con el apoyo de Pdms y los partidos nacionalistas (ya que ante el rechazo de Cs, es la única opción posible), o abstenerse para facilitar el gobierno del PP. Las dos opciones tienen sus costes, pero el PSOE tiene que elegir una de ellas. La política es el arte de elegir entre soluciones imperfectas.

Ya no estaría el PSOE ante un “trilema”, sino ante un “dilema”. Sólo así, eligiendo una de esas dos opciones dolorosas, el PSOE dejaría de “seguir muriendo”. Y, como en el último verso del mencionado poema de César Vallejo, el cadáver, dolorido (del PSOE), podría lentamente incorporarse, para de nuevo “echarse a andar” si encuentra el sosiego necesario para cerrar sus heridas y emprender su recuperación. No sé por cuánto tiempo, ni por qué camino, ni con qué compañías… Pero eso, será objeto de otro artículo.