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miércoles, 24 de mayo de 2017

LA   NOCHE  DE  LAS  PRIMARIAS
(versión ampliada del texto publicado en el Diario Córdoba el 24/05/2017)

La del 21-M fue una noche apasionante. Por una vez, la política pudo con el fútbol, y hubo más gente pendiente de los resultados de las primarias socialistas, que de la celebración del Real Madrid en Cibeles por la obtención de la Liga. Y eso que eran las primarias de un partido como el PSOE que no pasa por sus mejores momentos. Pero, la importancia que para la gobernabilidad de España aún tiene el centenario partido socialista, explica la gran expectación que despertaba en distintos círculos de opinión los resultados sobre la elección de su Secretario General. Las noches electorales siempre están cargadas de gestos que retratan la magnitud del acontecimiento, y que valen más que los discursos justificativos de rigor. Estas son mis impresiones.

a)  Las primarias han supuesto un ejercicio extraordinario de movilización de una militancia socialista que, adormecida en unos casos, e indignada en otros, se ha implicado en el proceso con una participación de más del 80%. Eso es, en sí mismo, un valor que dice mucho de la capacidad de las bases del PSOE de movilizarse, y que en este momento constituye su principal capital como partido.

b) También han mostrado la independencia de la militancia socialista a la hora de votar, ya que no se ha visto neutralizada por la fuerte influencia que han ejercido los diversos poderes fácticos, sea mediáticos, económicos o políticos. Las diferencias entre el número de avales y el número de votos de los candidatos, dice mucho de la independencia con la que se han comportado los afiliados del PSOE.

c) Los resultados han puesto de manifiesto la importante brecha existente entre la militancia y lo que coloquialmente se llama el “aparato”, constituido en este caso por los “barones” regionales (en su gran mayoría decantados a favor de Susana Díaz) y por una Comisión Gestora que, más allá de la aparente neutralidad de su presidente (el asturiano Javier Fernández), no ha sido, en opinión de muchos militantes, imparcial. La imagen de la concentración de militantes en las puertas de Ferraz gritando “Esta casa es nuestra”, acompañados de gritos de “¡Pedro! ¡Pedro!” y del canto de La Internacional, vale más que mil palabras, mostrando la brecha entre una “aparato” y una “militancia” que interpretaba la victoria de Pedro Sánchez como una especie de “reconquista” del fortín socialista del que habían sido desalojados.

d) La derrota de Susana Díaz supone también el fin de lo que se ha llamado el “felipismo”, retratado en el apoyo a la dirigente sevillana de los más emblemáticos dirigentes socialistas (Felipe, Guerra, Rodríguez de la Borbolla, Abel Caballero, Bono,…) y de los secretarios generales Zapatero y Rubalcaba (no así de Almunia), que hoy puede que estén lamentándose de no haber apoyado a Patxi López. Es un rechazo en toda regla de una generación de políticos socialistas que han contribuido a las reformas democráticas de nuestro país, pero que se ha resistido a dejar la primera fila y se ven desairados por un amplio sector de la militancia que no se reconoce en ellos.

e) En cuanto a las reacciones de los candidatos derrotados, la de Patxi López fue impecable felicitando al ganador, poniéndose al servicio del nuevo Secretario General y dispuesto a colaborar para unir e integrar al PSOE. Por el contrario, no se puede decir lo mismo de la reacción de Susana Díaz. En su corto discurso, no se puso a disposición de Pedro Sánchez, sino a la del partido (¿qué significa eso?), y salió de Ferraz de manera intempestiva sin esperar a escuchar las palabras del nuevo Secretario General. Comprendo que no era plato de buen gusto para Susana Díaz salir a escena en esa aciaga noche, cuando todas las grandes expectativas de victoria que se le habían creado por ese círculo de aduladores que suelen acompañar a los políticos, se habían venido abajo en cuestión de minutos. Pero, la imagen de su reacción en la noche del 21M, rectificada al día siguiente, quedará en la memoria de los militantes socialistas, y puede que actúe como una pesada losa sobre Susana Díaz si algún día decide reiniciar el proceso de conquista del poder en el PSOE.

f) La reacción del ganador Pedro Sánchez, tiene dos lecturas. Una interna, dirigida a los militantes que le han apoyado, a los que les ha trasladado con bastante realismo que nada termina el 21M, sino que todo empieza esa noche, dando a entender que comienza un camino nada fácil de renovación del partido, cuyo primer escenario de dificultad será el próximo congreso extraordinario. Como corolario de ese mensaje interno, está la mano tendida a todo militante que, no votando a su candidatura, esté dispuesto a participar en ese proceso de reforma y regeneración. La lectura externa se puede expresar en el cambio del “No es No” que le ha acompañado en su campaña, al “Sí es Sí” que gritaban sus votantes en la noche de las primarias. Si unimos eso a la afirmación de Pedro Sánchez de que el PSOE, además de aspirar a sustituir en la jefatura del gobierno al PP, hará una oposición útil, nos encontramos con un mensaje que no parece guiado por el resentimiento, sino que se proyecta al futuro, un futuro cuya primera prueba de fuego será la moción de censura presentada por Unidos Podemos hace unos días.

Son impresiones de una noche de la que se sale con la convicción de que el cambio y la regeneración del PSOE comienzan, efectivamente, el día después del 21M, pero también con la sensación de que no va a serle fácil a Pedro Sánchez y su equipo. Su fuerza, basada en la militancia, es una fuerza emocional, lo que no es baladí, pero carece de la fuerza orgánica necesaria en todo partido político para emprender una reforma profunda de sus estructuras y modelo de funcionamiento.

Me temo que las primarias han sido un primer asalto de un combate que tendrá en el congreso extraordinario de junio su continuidad, aunque no su desenlace final. Sectores hoy instalados en el “aparato” se resistirán a perder sus posiciones de poder en favor de una militancia que, en su mayor parte, está formada por afiliados que no han ocupado cargos orgánicos y que aspiran a ocuparlos, o por militantes con cuentas pendientes dispuestos a saldarlas. De cómo satisfacer esas aspiraciones, y de cómo frenar la inevitable actitud revanchista que suele instalarse en los corazones despechados, dependerá el futuro del proyecto de Pedro Sánchez, pero también el futuro del PSOE como alternativa de gobierno.

El cambio y regeneración del PSOE no puede hacerlo sólo el grupo ganador, por mucho que haya obtenido una incuestionable victoria con más de la mitad de los votos de los militantes. Necesita contar con una amplia base de apoyo, y eso pasa por atraer a lo mejor de los equipos de los otros dos candidatos, equipos que cuentan con personas de valía política y profesional que no pueden ni deben ser desaprovechadas en un arrebato de soberbia y arrogancia por parte de los ganadores.

Porque no es sólo sustituir unos cargos por otros, sino algo mucho más difícil, como es elaborar un programa de gobierno con propuestas creíbles y factibles que respondan a los complicados retos de la España del siglo XXI (de reformas económicas, de regeneración política, de igualdad y cohesión social, de reforma de la estructura territorial del Estado, de posicionamiento en la escena europea,…) y que marquen diferencias respecto a otros partidos.


Pero para ello, el PSOE se tiene que mostrar como un partido reconocible, dispuesto a afrontar ese desafío en cooperación con otras fuerzas políticas afines, pero también con partidos que, situados en posiciones ideológicas distintas, son necesarios para abordar las reformas constitucionales y los grandes temas de Estado. Tal es la diferencia entre un partido con vocación de gobierno, que es lo que ha sido el PSOE en estos cuarenta años de democracia, y un partido condenado a ocupar un espacio en la oposición. Ese es el dilema que tiene que resolver Pedro Sánchez y el equipo que salga del congreso de junio.

martes, 9 de mayo de 2017

LA VICTORIA DE #MACRON
(versión ampliada del artículo publicado en el Diario Córdoba el 09/05/2017)


La clara victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (más del 65% de los votos válidos) da un respiro a las cancillerías de los Estados de la UE y a muchos ciudadanos que apoyan el proceso de integración europea. Pero es un alivio temporal, ya que la preocupación continuará hasta las legislativas de junio, a las que Macron acude sin una sólida base partidaria.

Su plataforma electoral “¡En Marche!”, creada hace apenas un año, y transformada ayer mismo en el partido político “La Republique en Marche”, tendrá serias dificultades para presentar candidatos con posibilidades reales de victoria en las casi 600 circunscripciones donde los partidos competirán a dos vueltas por obtener el escaño en disputa en cada circunscripción.

A pesar de la elevada abstención (casi el 30%, la más alta desde 1969) y del alto porcentaje de votos en blanco y nulos (casi el 12%), ha funcionado el “pacto republicano” para evitar la victoria de Marine Le Pen. Sin embargo, los más de 10 millones de votos obtenidos por ella (uno de cada tres votantes), supone un ascenso de dimensiones considerables del Front National (FN), un partido antieuropeo, populista y xenófobo. Por ello, es un serio aviso a tener en cuenta, ya que Le Pen y su partido están para quedarse.

El perfil de los votantes de Macron 

Los resultados de varias encuestas prueban cómo ha funcionado el "pacto republicano" en la segunda vuelta. Según la encuesta del Instituto Harris Interactive, un 53% de electores que votaron en la primera vuelta al izquierdista de "France Insoumise" Melenchon habrían votado a Macron en la segunda, y un 79% de los que votaron al socialista Hamon. Por la derecha, el 48% de los que votaron en primera vuelta a Fillon y el 26% de los de Dupont-Aignan, lo hicieron por Macron en la segunda vuelta. Ello indica que casi la mitad de los votos obtenidos por Macron proceden del ámbito de la izquierda, una cuarta parte proviene de la derecha y un tercio del centro, corroborando así la eficacia del "pacto republicano" para frenar a Le Pen.

Además, la encuesta realizada por Ipsos señala que dos tercios de los electores de 18-24 años han votado a Macron, reduciéndose sensiblemente el apoyo entre los que tienen 35-49 años (un 57%). En lo que se refiere al nivel de formación, una gran mayoría de los votantes de formación media-alta votaron a Macron (un 81% de los que tienen el título de Bachillerato y, al menos, tres años de estudios más).

Respecto a la renta, votó a Macron una mayoría de los de renta media-alta (el 75% de los que viven en hogares con ingresos superiores a 3.000 euros mensuales), siendo menor el voto a Macron entre los empleados (un 54%) y entre los obreros (un 44% frente al 52% a Le Pen).

La encuesta del Instituto Harris Interactive señala que el 41% de los que han votado a Macron dice que lo hicieron por estar convencidos de que era su opción como Presidente, mientras que un 59% dice que lo votaron por evitar que saliera Le Pen. Finalmente, esa misma encuesta indica que entre los votantes de Macron los temas que predominan son Europa, el empleo y la educación, mientras que, entre los de Le Pen, la inmigración, la lucha contra el terrorismo y la seguridad de las personas y bienes son los temas predominantes.  

En resumen, el votante medio de Macron es un elector joven (aunque con presencia también de votantes mayores), bien formado, de renta media-alta, simpatizante de izquierda (aunque con presencia también de simpatizantes de centro y derecha) y preocupado por los temas europeos, el empleo y la educación.

Legislativas inciertas y probable "cohabitación"

Surge la duda de si el “pacto republicano” funcionará también en las legislativas. Si no es así, y si proyectamos el más del 30% de votos obtenido por Le Pen en esta segunda vuelta de las presidenciales, el FN podría pasar de los dos diputados que tiene ahora en la Asamblea Nacional a casi un centenar, lo que tendría un fuerte impacto en la vida parlamentaria francesa.

Pero aún en el caso de que el “pacto republicano” funcione, puede que no sea el recién creado partido de Macron el que se vea beneficiado, debido a la ya comentada debilidad partidaria de su base de apoyo.

Por eso, es muy alta la probabilidad de que se dé una “cohabitación” entre Macron, como Presidente (en el Palacio del Eliseo), y un Primer Ministro (en el Palacio de Matignon) de otro color político. No es la primera vez que ocurre en Francia. Ya hubo cohabitación de Mitterrand con el gaullista Chirac (1986-1988 y 1993-1995), y de éste con el socialista Jospin (1997-2001), pero ahora, si se produjera, la situación sería diferente.

En esas tres ocasiones, la cohabitación se producía entre los dos grandes partidos en los que se apoyaba la V República (el gaullista y el socialista). Ahora, la situación sería entre un Presidente (Macron) sin una sólida base partidaria (y elegido gracias a votos procedentes de fuerzas políticas distintas de la suya y agrupadas para frenar a Marine Le Pen), y un Parlamento muy fragmentado, del que saldrá un Primer Ministro que tampoco gozaría de una base parlamentaria cohesionada.

Macron y la transversalidad

Sin embargo, la debilidad de Macron podría ser, paradójicamente, su fuerza, si sabe aprovechar su posición de centro reformista en el tablero político francés y es capaz de atraer a su proyecto transversal de reforma a grupos situados tanto a su izquierda, como a su derecha (ver el apartado anterior sobre el perfil del votante de Macron).

Por ejemplo, amplios sectores del socialismo galo (Valls, Hamon, Royal, Aubry,…) podrían sintonizar con el proyecto reformista de Macron. También podrían hacerlo, incluso, algunos de los grupos menos radicalizados de la “France Insoumise” y que abogan por una reforma gradual del sistema político y económico francés.

Por su derecha, tanto el partido centrista de Bayrou (con el que Macron ya tiene firmado un pacto para las legislativas), como los grupos liberales y democristianos del movimiento gaullista “Les Republicains” (Juppé, Fillon, Sarkozy,…), que mantendrá una fuerte presencia en la Asamblea Nacional después de junio, podrían también apoyar, o al menos no oponerse, el proyecto reformador de Macron.

Macron y Europa

Justo hoy 9 de mayo "Día de Europa", la UE espera a Macron como una oportunidad de recomponer el eje franco-alemán desde el respeto mutuo y no de la sumisión a Berlín. Este eje, que ha sido fundamental en el proceso de integración europea, ha estado prácticamente desaparecido en la etapa de Sarkozy y de Hollande ante el dominio absoluto de las políticas de austeridad y ajuste impuestas por Merkel en el marco del Pacto de Estabilidad de la UE. No le va a ser fácil a Macron doblegar la ortodoxia económica alemana, por lo que deberá buscar otros apoyos dentro de la Unión.

Además, en la UE de hoy, el eje franco-alemán ya no puede por sí sólo ser el motor de la integración europea. Debe abrirse a otros países, como España, que tras el Brexit está recuperando protagonismo en la escena europea, y también a Italia, que se colocará de nuevo en el centro del tablero político europeo cuando se lleven a cabo las elecciones de otoño y recupere la estabilidad perdida tras varios meses de provisionalidad ocasionada por la derrota de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional.

Macron tiene la ocasión de revitalizar un proyecto europeo en horas bajas y de reintroducir en la UE el espíritu de reforma social y no sólo económica, que nunca debió perder y que forma parte de las esencias del proceso de integración. La firme convicción europeísta de Macron y sus seguidores es un elemento esperanzador (banderas de la UE llenaban la plaza del Museo del Louvre, mientras se escuchaba el “Himno a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven), pero se tiene que traducir pronto en hechos.

Los jóvenes europeístas que le han apoyado en Francia, y los que, desde fuera, han visto con satisfacción la victoria de Macron, no pueden esperar. Han sido años de políticas de austeridad y de promesas incumplidas de recuperación, que han provocado el pesimismo y la desafección política en muchos sectores de la ciudadanía europea. Ahora toca equilibrar el proceso de integración recuperando el pilar de la agenda social europea, sin que ello signifique abandonar la disciplina en el pilar económico. Y eso Macron lo ha dejado claro en sus comparecencias públicas durante la campaña electoral.

No obstante, la Europa de 27 países es una maquinaria muy pesada para avanzar al unísono, como sería deseable, y Macron lo sabe. Como ha señalado en la campaña, es más realista pensar en un avance a varias velocidades con un “núcleo duro” de países dispuestos a profundizar en la Unión Económica y Monetaria, en la Agenda Social y en la Union Europea de la Defensa y la Seguridad, y de avanzar en una mayor integración en temas tan candentes como la cuestión migratoria.

Un alivio, por ahora

Se recibe con alivio la victoria de Macron, pero deberíamos sentirnos preocupados por el importante apoyo obtenido por Marine Le Pen. El sistema electoral francés de dos vueltas actúa de dique de contención contra los extremismos. Pero es un dique construido con una amalgama de fuerzas políticas tan dispares, que lo hace vulnerable.

Por eso, para ser consistente, las fuerzas republicanas moderadas a derecha e izquierda deben cohesionarse en torno a un sólido proyecto reformista que, afrontando los graves desequilibrios existentes en la economía francesa, devuelva la confianza en la capacidad de la clase política para reducir la brecha social y mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Ese es el reto de Macron. De que lo logre depende el futuro de Francia, pero también el de Europa.

lunes, 2 de enero de 2017

PERSPECTIVAS  POLÍTICAS  PARA  2017  EN  ESPAÑA

Tras el extraño y convulso 2016, la política española afronta este nuevo año con un panorama de mayor certidumbre. Ello no implica que esté exenta de los riesgos que conlleva formar parte de una UE que se enfrentará a importantes retos (Brexit, elecciones en Francia y Holanda, refugiados, crisis económica,...), pero lo cierto es que, comparando nuestra situación política interna con la del año anterior, la de este 2017 es bastante menos incierta.

No hay elecciones ni autonómicas ni municipales a la vista, y el gobierno de Rajoy, aunque en minoría parlamentaria, tiene margen de maniobra suficiente para, jugando diversas cartas, asegurarse la estabilidad necesaria en esta legislatura. Algunas de ellas ya las ha sabido jugar con relativo éxito al lograr, con amplio apoyo (Cs, PSOE, CC y PNV), que se aprobara el techo de gasto, un éxito que previsiblemente tendrá continuidad con la aprobación de los presupuestos (gracias también a Cs, CC y PNV, que neutralizarán con su voto favorable la enmienda a la totalidad anunciada por los socialistas y por Unidos Podemos).

Además, queda prácticamente despejada la incógnita de la posible reforma constitucional, al concluir PP, PSOE y Cs que no hay condiciones para ello, dada la actitud rupturista de Unidos Podemos y su disposición a imponer un referéndum incluso para reformas menores que no lo exigen (al contar con el número de diputados necesario para ello). El debate se concentrará, por tanto, en otros temas de menor calado político, aunque no menos importantes para los ciudadanos (como el pacto educativo, la reforma de las pensiones, la subida del salario mínimo, el bono social para abordar el problema de la pobreza energética o la reforma del sistema de financiación de las Comunidades Autónomas).

Aun así, los más importantes partidos del arco parlamentario afrontan un año de congresos (nacionales y regionales) en los que procederán a renovar sus estructuras, definir sus discursos ideológicos y marcar sus estrategias políticas. Sin embargo, son muy diferentes las situaciones en que los diversos partidos se presentan a sus respectivos congresos.

El PP celebrará con tranquilidad su congreso nacional en primavera. Bajo el liderazgo indiscutible de Rajoy, irá preparando la renovación, sin prisas, pero sin pausas, en un contexto muy favorable desde la posición de gobierno que ostenta, sólo empañado por la abierta ruptura de Aznar, que, por ahora, no parece amenazar la cohesión interna del partido. El sistema de elección mediante delegados, y no por primarias, le garantiza al PP una renovación controlada, sin tensiones, ni situaciones imprevistas.

La situación del PSOE es muy diferente. Tras la crisis abierta con la dimisión de Pedro Sánchez y la constitución de la Comisión Gestora, el próximo congreso lo afronta en una situación aún enrarecida y con un partido abierto en canal y afectado por divisiones internas y por heridas todavía no cicatrizadas. Ninguno de sus dirigentes se atreve a mostrar sus cartas para la candidatura a la secretaría general. Parece que quisieran esperar hasta última hora para hacerlo, a fin de evitar anticiparse a lo que hagan los posibles rivales, dado el alto riesgo que asumen.

El caso de Susana Díaz es significativo. Señalada por todos los medios de comunicación como la candidata mejor situada en la carrera por dirigir el PSOE, no se atreve aún a decidirse, dada la animadversión que despierta en amplios sectores de la militancia por considerarla responsable del modo como se produjo la defenestración de Pedro Sánchez y la principal valedora de la abstención en la investidura de Rajoy. Dado que la elección del secretario general del PSOE será mediante primarias en las que cada militante tiene un voto, el riesgo que corre Susana Díaz es elevado.

Por eso, ante el hecho de no tener asegurada la victoria y ante el riesgo de que un enfrentamiento con Pedro Sánchez provocaría una ampliación de las divisiones internas en el PSOE, se va abriendo paso la idea de que haya un candidato de consenso (¿Patxi López?) que, en una etapa de transición, desempeñe un papel de apaciguamiento. De ese modo, dentro de tres años, el partido estaría en mejores condiciones que ahora para realizar la renovación definitiva de sus cuadros dirigentes y para definir con más calma sus principios programáticos.

Mientras tanto, el PSOE intenta recomponer su estrategia parlamentaria para hacerse visible ante la opinión pública como el primer partido de la oposición de izquierda, en clara disputa con Unidos Podemos. Hasta ahora, y con la buena interlocución que mantiene con el grupo parlamentario del PP, parece que lo está logrando al haber alcanzado acuerdos en temas importantes (como la subida del salario mínimo o el bono social). Pero la legislatura es larga y veremos si se mantiene la buena relación PP-PSOE a la vista de futuros acontecimientos (entre ellos el desenlace final del congreso socialista).

En lo que se refiere a Cs, el partido de Albert Rivera está pagando el precio de no haber querido formar parte de un gobierno de coalición con el PP. La fuerte beligerancia que mostró en las dos campañas electorales ante los temas de la corrupción en el PP, y la feroz crítica de Rivera contra Rajoy, hicieron que Cs tuviera las manos atadas para negociar su posición de cara a la formación del nuevo gobierno. Después del voto favorable a la investidura, lo más razonable hubiera sido que Cs entrara en el gobierno de Rajoy asumiendo dos o tres carteras ministeriales, pero estrechó tanto su margen de maniobra, que acabó siendo presa de sus propias exigencias. Fuera del gobierno, Cs está ahora en una posición extraña, en la que corre el riesgo de perder visibilidad y de diluirse en la oposición. Por eso, afronta su próximo congreso en una situación delicada, ya que tiene que definir bien su estrategia para la legislatura si no quiere quedar reducido a una posición irrelevante a pesar de haber sido, con su voto favorable, el artífice de que Rajoy esté hoy en el gobierno.

Por su parte, Podemos está sometido a fuertes tensiones internas de cara a su próximo congreso (Vistalegre 2). Dada su cultura abierta y participativa, esas tensiones se manifiestan con claridad y de manera algo infantil en las redes sociales, habiéndose expresado ya en las distintas asambleas regionales y en los “círculos”. Más allá de lo que ocurra dentro de las “mareas” y otras formas de organización, que, como se sabe, son partidos federados, pero independientes del partido que dirige Pablo Iglesias, la realidad nos dice que, dentro de Podemos, hay una fuerte lucha por el poder en la que se dirimen, además de disputas personales, modelos distintos de concebir la estructura del partido y estrategias políticas diferentes. En ese debate, demasiado personalizado en las figuras de Iglesias y Errejón (puesto que el grupo de los llamados “anticapitalistas” desempeña un papel fundamental), lo que se discute es el futuro modelo de Podemos como partido político.

La estrategia de Iglesias (cual un nuevo Anguita) es consolidar la alianza con la IU de Garzón y, abandonando su populismo inicial, refundar una izquierda que se oponga frontalmente al PSOE hasta superarlo y, si fuera posible, destruirlo. Esta ha sido siempre la gran aspiración de la izquierda comunista, que ahora confía en Iglesias para lograrlo en una estrategia de difícil ejecución, dada la todavía escasa vertebración interna de Unidos Podemos.

Frente a esa estrategia se sitúa Errejón, quien, coherente con el discurso populista que siempre ha defendido y que ha contribuido con sus escritos a darle cuerpo teórico e intelectual, defiende lo que llama “transversalidad” (pues, no olvidemos que el verdadero populista es Errejón, dicho esto sin ningún sentido peyorativo). Con el término de “transversalidad” lo que Errejón y sus seguidores pretenden es construir una alternativa de gobierno que no tenga por eje la clásica identidad de clase que ha caracterizado a los tradicionales partidos de izquierda, sino que agrupe de manera “transversal” al pueblo, a la “gente”. Con actitudes menos radicales y frentistas, sino más moderadas y amables, y con presencia más activa en las instituciones, aspiran a que Podemos logre atraer a un electorado diverso (de todo el espectro ideológico) desencantado con los grandes partidos.

El objetivo de los ya denominados “errejonistas” no es, por tanto, superar ni destruir al PSOE a corto plazo con una estrategia frontal, como pretende Iglesias, sino ir socavando poco a poco, sin prisas, las bases de apoyo socialista (y también las de Cs e incluso las del PP) para atraerlas a un partido con una cultura nueva y diferente de la tradicional y con una imagen institucional que lo haga creíble como alternativa de gobierno.

Por eso, Errejón y su grupo se empeñan en actuar de manera propositiva en las instituciones y en defender el modelo de democracia participativa que está en la esencia de Podemos como legado del 15M. Y por eso, se resisten a aceptar lo que entienden es la deriva autoritaria en que han caído Iglesias y sus seguidores al asumir la herencia del más rancio centralismo democrático de los viejos partidos comunistas. Ahí radica la clave del pulso que han tenido ambos grupos sobre el modo en que deben desarrollarse las deliberaciones en el próximo congreso de “Vista Alegre 2”, un congreso que, si es de integración, supondrá un fuerte impulso al proyecto de Podemos, pero que si profundiza las divisiones internas será el comienzo de su defunción.

En definitiva, el panorama político del año 2017 parece presentarse relativamente tranquilo en nuestro país, si bien con el tema del secesionismo catalán en el horizonte. Pero eso no es ninguna novedad, ya que también ha estado presente durante los dos años anteriores. El “bloque constitucionalista” (llamado así porque está formado por los partidos PP, PSOE, Cs y CC, que no cuestionan el actual marco constitucional, sino sólo reformarlo parcialmente cuando se den las condiciones propicias) es lo suficientemente amplio y cohesionado en el tema del modelo territorial como para poder gestionar la “cuestión catalana”. Con una equilibrada combinación entre los instrumentos que el ordenamiento jurídico vigente pone a disposición del gobierno, y una apuesta firme por introducir reformas en el tema de la financiación, el “bloque constitucionalista” espera socavar la base de apoyo de los partidos independentistas.

Es bueno que la legislatura sea larga y estable, ya que eso irá en beneficio de la recuperación económica, que es hoy por hoy la principal preocupación de los españoles tal como se viene reflejando en las sucesivas encuestas del CIS. A esa estabilidad contribuirá, sin duda, un buen entendimiento entre los partidos políticos (especialmente entre PP, PSOE, Cs y PNV), para lo cual es necesario que el PP sea consciente de que gobierna en minoría y precisa de pactos para sacar adelante su programa de gobierno. Pero también es necesario que esos otros partidos comprendan que una legislatura larga les beneficia a ellos de igual modo y que por ese motivo deben evitar estrategias obstruccionistas que sólo provocarían un adelanto electoral.

viernes, 30 de septiembre de 2016

CANCION   TRISTE   DEL   PSOE
(Texto escrito antes de la reunión del Comité Federal del sábado 1 de octubre
y de la dimisión de Pedro Sánchez)


No era necesario tamaño despropósito como el que están protagonizando los dirigentes del PSOE ante la vergüenza de sus militantes, la indignación de sus votantes y el estupor de la sociedad española en general. No era necesario tan lamentable espectáculo para certificar el estado calamitoso en que se encuentra el partido socialista. Su agonía puede prolongarse aún más, como en los primeros versos del poema de César Vallejo, cuando dice que “…el cadáver ¡ay! seguía muriendo”.

Las diferencias se podían haber dirimido en el seno de los órganos del partido (en el Comité Federal convocado para el próximo sábado). Pero el sector crítico, ante el miedo a que esa batalla se perdiera, decidió actuar antes, anticipándose con la dimisión de la mitad de los miembros de la Comisión Ejecutiva. Desde el punto de vista orgánico, Pedro Sánchez y su equipo se encuentran en minoría, lo que debería conducirle en situaciones normales a la dimisión, lo estipule o no los estatutos. Pero la situación del PSOE no es normal sino excepcional.

No obstante, no cabe hablar de "golpe", sino simplemente de lucha por el poder utilizando unos y otros los resortes estatutarios existentes, e interpretándolos cada grupo en su propio beneficio. Para "golpe" el que Pedro Sánchez y su actual ejecutiva fraguaron contra Tomás Gómez en la FSM (madrileña). Lo de ahora es algo tan viejo como la propia política, y tan común a todos los partidos: pugna por conquistar el poder en el seno de un partido político.

Sea como fuere, lo cierto es que el enroque de la actual dirección, apelando a la militancia, está provocando el choque entre dos legitimidades dentro del PSOE: la que apela a las bases de afiliados (democracia directa), y la que proviene de los órganos de dirección del partido (democracia representativa). Es un conflicto de legitimidades que no se resuelve por la vía de recurrir de forma oportunista a las primarias, un recurso éste que, planteado de forma precipitada, genera más problemas que soluciones.

El espectáculo de ayer ante las puertas de Ferraz fue bochornoso. Lo de Verónica Pérez, atribuyéndose la autoridad del partido, mientras ni siquiera le dejaban entrar en la sede, es una escena berlanguiana para enmarcar. Y todo puede ir a peor si, como se ha difundido en las redes sociales, los militantes que apoyan a Pedro Sánchez se concentran mañana en Madrid como si de una guardia pretoriana se tratara.

Así las cosas, el próximo Comité Federal se presenta tenso, con los puentes rotos y con las divisiones y rencillas a flor de piel. No es el escenario más idóneo ni para debatir sobre el futuro inmediato del partido (fecha del congreso y de las primarias) ni para dirimir la gran cuestión que interesa al conjunto de la ciudadanía: si el PSOE se va a abstener para facilitar el gobierno del PP en una futura sesión de investidura; si va a votar en contra y formar una opción alternativa por la izquierda, o si apuesta por ir a terceras elecciones.

Ante esta confrontación táctica por hacerse con los restos del naufragio socialista, me voy a permitir dar algunas opiniones. En primer lugar, el citado conflicto entre legitimidades es un falso debate. Apelar, como hace Pedro Sánchez, a la fuerza de la  militancia frente a los órganos de dirección en un partido que lleva desangrándose varios años hasta apenas alcanzar los actuales 190.000 afiliados (¿cuántos de ellos están realmente activos?), es cuando menos una apelación ridícula. Aún más, cuando las propias bases del PSOE y los órganos directivos están divididos sobre cuál debería ser la mejor estrategia en estos momentos (si la abstención o la formación de una alternativa por la izquierda). La mejor prueba de esa división es la fractura producida en la comisión ejecutiva.

No obstante, no se aprecia respecto a este tema un claro enfrentamiento entre esas dos legitimidades, ya que las diferencias atraviesan tanto a la militancia, como a los dirigentes. Lo mismo ocurre entre los votantes socialistas, que también están divididos sobre este asunto. Por eso, la apelación a las bases como representantes de la “pureza” democrática en el PSOE frente a unos dirigentes orgánicos a los que se les estigmatiza como “casta”, no es justificable y tiene mucho de populismo, lo que demuestra hasta qué punto el lenguaje de Podemos ha calado en las filas socialistas. 

En segundo lugar, la convocatoria urgente de un congreso y de unas primarias para elegir al secretario general del PSOE, es de una gran irresponsabilidad, rayana en la frivolidad, ante el calendario que tenemos por delante. Con la posibilidad de una nueva sesión de investidura, y, si fracasa, con el horizonte de unas terceras elecciones a mediados de diciembre, no acierto a comprender la utilidad de embarcar al PSOE en un congreso que, por fuerza, tendrá que organizarse de forma precipitada y con las heridas abiertas de la actual conflagración interna. Pero ya no hay vuelta atrás; tanto los oficialistas, como los críticos, ambos con su actitud irresponsable, abocan al partido a la convocatoria de un congreso extraordinario que tendrá que celebrarse en las próximas semanas. Sería el mejor entrenamiento para una nueva derrota electoral socialista, que dejaría en un recuerdo glorioso los actuales 85 diputados, y que no sólo conduciría al sorpasso de Podemos, sino al batacazo del propio PSOE y su descenso a niveles nunca alcanzados en su larga historia.

En tercer lugar, el actual conflicto tiene que dirimirse en el seno del Comité Federal, quizá no en la reunión de mañana sábado, pero sí en otras posteriores. Debe reunirse tantas veces como sean necesarias hasta coser, en lo posible, y si no aplazar, las actuales heridas, y alcanzar una posición unitaria, aunque eso pueda significar la salida de algunos dirigentes y la desafección de parte de la militancia. El PSOE debe pensar más en el amplio número de votantes que aún conserva, que en su exigua militancia, y para ello es más urgente intentar definir una estrategia clara ante el actual escenario político (qué hacer ante una nueva sesión de investidura), que intentar resolver de forma precipitada las diferencias internas del partido.

En cuarto lugar, y en consonancia con esto último, el Comité Federal del PSOE debe resolver el trilema del “no, no y no”. Empecemos por el último “no”. Si no quiere ir a terceras elecciones, que le serían mortales, tiene que decidirse entre formar una mayoría alternativa, con el apoyo de Pdms y los partidos nacionalistas (ya que ante el rechazo de Cs, es la única opción posible), o abstenerse para facilitar el gobierno del PP. Las dos opciones tienen sus costes, pero el PSOE tiene que elegir una de ellas. La política es el arte de elegir entre soluciones imperfectas.

Ya no estaría el PSOE ante un “trilema”, sino ante un “dilema”. Sólo así, eligiendo una de esas dos opciones dolorosas, el PSOE dejaría de “seguir muriendo”. Y, como en el último verso del mencionado poema de César Vallejo, el cadáver, dolorido (del PSOE), podría lentamente incorporarse, para de nuevo “echarse a andar” si encuentra el sosiego necesario para cerrar sus heridas y emprender su recuperación. No sé por cuánto tiempo, ni por qué camino, ni con qué compañías… Pero eso, será objeto de otro artículo.

sábado, 9 de julio de 2016

LA   ABSTENCIÓN   TIENE   UN   PRECIO

 El PSOE está recibiendo fuertes presiones, ya sea para formar parte de una “gran coalición” con el PP (opción descartada por inconveniente), ya sea para abstenerse en la sesión de investidura facilitando así que Mariano Rajoy pueda formar gobierno. El debate interno en las filas socialistas está abierto, y no sólo entre sus dirigentes, sino entre sus militantes y simpatizantes. Ese debate refleja la compleja situación en que se encuentra el PSOE ante una decisión que puede condicionar la gobernabilidad de nuestro país.

Lo primero que debe quedar claro, es que, en una democracia parlamentaria, lo que importa no es el número de votos y escaños obtenidos en las elecciones, sino la capacidad de formar una mayoría que permita superar la sesión de investidura y formar gobierno. De nada sirve esgrimir el derecho, que no existe, a que gobierne la lista más votada. Ya le ocurrió al PP en las elecciones del 20-D, incapaz, por su inmovilismo, de armar una mayoría parlamentaria. Y puede ocurrirle de nuevo ahora si no ofrece propuestas atractivas a los demás partidos para obtener su apoyo o, al menos, su abstención en la sesión de investidura, a la que, esta vez parece que sí, se someterá Rajoy. De ahí que la mayor responsabilidad de que no se tengan que repetir las elecciones está en el PP, no en los demás partidos. Es el PP el que tiene que moverse y seducir a otros partidos con propuestas que les convenzan de que el apoyo a la investidura merece la pena en términos de coste/beneficio.

Ante esa situación, y si el PP no logra los apoyos suficientes entre los partidos más afines, a los socialistas sólo le caben dos opciones: abstenerse en la sesión de investidura para facilitar el gobierno del PP, o votar en contra e intentar formar una mayoría de izquierda (con Pds e IU y apoyo nacionalista) o de centro-izquierda (ampliada a Cs). Desde mi punto de vista, y en contra de lo que han escrito algunos articulistas y han expresado incluso algunos “barones” socialistas, la opción de armar una mayoría alternativa al PP, aun siendo legítima, no me parece viable por varias razones.

La primera, porque sería una coalición construida sobre un objetivo negativo (su hilo conductor sería echar al PP y en concreto a Rajoy), y eso en política no conduce a buen puerto. La segunda razón, porque los socios de esa posible coalición se sustentan sobre la base de una profunda desconfianza entre ellos, que incluso ha aumentado tras la desgraciada experiencia de la pasada y corta legislatura (Es un hecho que, desde el 20D, se ha incrementado el recelo entre Sánchez e Iglesias, y la incompatibilidad entre éste y Rivera es manifiesta, no siendo tampoco muy fluida las relaciones entre ciertos sectores de Pds y de IU).

Pero hay una tercera razón, de mayor calado, y es el hecho de que los partidos de esa posible coalición están sumidos, tras los malos resultados del 26-J, en crisis internas que deben resolver antes de asumir responsabilidades de gobierno. El PSOE ha caído a los más bajos resultados de su historia y necesita una renovación profunda; Pds e IU aún se preguntan por las causas de que no le haya funcionado la coalición “Unidos Podemos”; y Cs está en un grave momento de indefinición sobre el papel que le toca jugar en el centro del tablero político.

Hay finalmente una cuarta razón, y es la escasa fiabilidad que ofrece Pds como socio de gobierno al ser todavía un partido internamente poco cohesionado. No olvidemos que Pds es el resultado de la confluencia de cinco movimientos políticos que aún no han sabido construir estructuras políticas idóneas para ejercer con eficacia el papel que les corresponde en un sistema de democracia representativa como el nuestro (y eso debe resolverlo antes de asumir tareas de gobierno a nivel nacional).

Ante un panorama de crisis económica, de inestabilidad internacional, de amenaza a la seguridad por el terrorismo yihadista, España necesita un gobierno estable, y eso a día de hoy no lo pueden ofrecer unos partidos que precisan todavía de un largo rodaje en el Parlamento para construir relaciones de confianza entre ellos antes de participar en gobiernos de coalición. Recordemos que el PSOE de Felipe González perdió las elecciones de 1977 y de 1979 antes de su victoria de 1982, a la que llegó como un partido internamente cohesionado, territorialmente vertebrado y con la experiencia acumulada tras varios años en la oposición parlamentaria (habiendo desempeñado un papel fundamental en la elaboración del proyecto constitucional).

En esta situación, y si el PP necesita la abstención del PSOE para superar la investidura, los socialistas deben abstenerse para facilitar la gobernabilidad. Pero eso no puede salir gratis, sino que tiene un precio. El precio más alto sería forzar al PP a que presente otro candidato a la investidura. Sin embargo, tal exigencia no parece factible tras el positivo resultado electoral del PP presidido por Rajoy (casi ocho millones de votos y 14 escaños más). Tampoco la considero recomendable por cuanto que abriría de forma precipitada una crisis de sucesión en el PP, que se uniría a las otras crisis internas que, como he señalado, tienen que afrontar los demás partidos, y eso no sería bueno para la gobernabilidad. El PSOE tiene argumentos de sobra para exigir la sustitución de Rajoy (su responsabilidad en los temas de corrupción sistémica que asolan a su partido, su inacción ante el comportamiento infame del ministro del Interior,…) y tiene el derecho a plantearlo en una negociación por la investidura, pero no sería conveniente para la estabilidad política del país.

Descartada, por tanto, la sustitución de Rajoy, el PSOE puede ponerle precio a su abstención con algunas exigencias menos llamativas, pero quizá más útiles. Por ejemplo, exigir al PP comprometerse con la reforma constitucional (especialmente en lo relativo al título VIII), modificar algunos aspectos de la reforma laboral, elevar el salario mínimo, afrontar el pacto educativo, asumir las exigencias de Bruselas en materia de déficit público (pero sin que haya recortes en salud y educación), aprobar un plan de choque en materia de empleo juvenil, reunir el Pacto de Toledo para plantear con claridad la crisis del sistema de pensiones, activar algunas leyes hoy en el olvido (como la de dependencia), reformar el Código Penal para endurecer las penas contra el delito de corrupción, despolitizar los nombramientos del CGPJ, del Tribunal de Cuentas, de la CNMV y de RTVE, potenciar la lucha contra el fraude fiscal aumentando la dotación de la Inspección de Hacienda,…

Esos serían algunos ejemplos de lo que podría valer la abstención del PSOE, una abstención que, además, permitiría reconstruir consensos rotos entre ambos partidos en un momento en el que España está muy necesitada de ellos. Si se explica bien, la ciudadanía española en general, y los votantes socialistas en particular, podrían entender ese cambio de posición del PSOE en aras de la gobernabilidad.

Es verdad que el mayor riesgo para el PSOE estaría en que el PP incumpla lo acordado y que, en ese caso, sea el blanco de las críticas por parte de Pds e IU (vosotros, los socialistas, fuisteis unos ingenuos y sois ahora los responsables de que Rajoy siga en el gobierno cuatro años más). Pero siempre tendrá la baza el PSOE de bloquear los presupuestos económicos, paralizar la aprobación de algunas leyes o de plantear incluso una moción de censura.

En definitiva, la izquierda, hoy dividida, dispersa y con crisis internas pendientes de resolución, no está en condiciones de ofrecer una alternativa viable a un gobierno del PP. El PSOE, por su larga trayectoria de partido de gobierno, debe facilitar con su abstención que el PP gobierne (si es con Cs mejor) ante la imposibilidad de que Rajoy obtenga los apoyos necesarios de otros partidos. Una abstención que, como he señalado, tendría un precio que le correspondería a Rajoy pagar.

En momentos de crisis económica como la actual, en la que habrá que continuar haciendo ajustes severos, quizá sea más interesante para la izquierda ejercer con rigor su papel de oposición parlamentaria, sirviendo de aglutinador de las demandas sociales y estableciendo puentes y relaciones de confianza entre sus dirigentes para la construcción de futuras alianzas. Parece eso más inteligente para la izquierda, y en concreto para el PSOE, que participar, de forma precipitada, en un gobierno pentapartido, poco cohesionado y con el riesgo de verse sometido a tensiones internas nada más constituirse; además de ser un gobierno incapacitado para emprender reformas constitucionales ante la mayoría del PP en el Senado.

viernes, 1 de julio de 2016

LA   CAPACIDAD   PREDICTIVA  DE  LAS   ENCUESTAS   ELECTORALES  
Y   LOS   RESULTADOS  DEL  26-J


Las encuestas electorales están siendo cuestionadas tras los resultados del 26-J, sobre todo por haber sobrevalorado los votos y escaños de Unidos-Podemos y haber minusvalorado los del PP. Mucho se ha escrito para buscar alguna explicación sobre ello. En este breve artículo quiero centrarme en un aspecto poco comentado, y es la influencia que han podido tener en la capacidad predictiva de las encuestas algunos acontecimientos surgidos entre la fecha de realización del trabajo de campo y el día en que se celebraron las elecciones.

Factores que limitan la capacidad predictiva de las encuestas

Las encuestas predicen bien el voto si las elecciones se celebraran justo en el momento en que se realiza el trabajo de campo, pero su capacidad de predicción se reduce conforme aumenta la distancia respecto a la fecha de los comicios. No olvidemos que las encuestas son una fotografía del estado de ánimo y de la intención de voto de los encuestados, fotografía que se realiza justo en el momento en que se aplica el cuestionario. Tanto el ánimo como la intención de voto pueden cambiar en los días posteriores a la realización de las encuestas, y puede que en ello influya el hecho de conocer el propio resultado de los sondeos (reflexividad) y las situaciones de preocupación e incertidumbre que puedan producirse por algún acontecimiento sobrevenido.

Además de la fecha en que se realiza el trabajo de campo, la probabilidad de que las encuestas acierten depende de otros factores: i) la “muestra”, tanto en lo que se refiere a su tamaño (cuanto mayor sea, menor será el nivel de error), como a su composición (debe reflejar la estructura de la sociedad a la que se dirige, en términos de edad, sexo, nivel de estudios, renta, localización geográfica,…); ii) el “tipo de cuestionario” (con preguntas bien formuladas y con opciones claras de respuesta); iii) el “modo de realizarlas” (si en domicilios o por teléfono) y iv) la “capacidad y motivación de los encuestadores” para conseguir que los encuestados respondan a las preguntas que se les hacen.

Esos factores están muy condicionados por los recursos económicos de que dispongan las empresas demoscópicas. Si los recursos son bajos, las muestras serán pequeñas, no habrá control de calidad para garantizar que la estructura de la muestra sea la correcta, se utilizarán listados telefónicos ya obsoletos, los encuestadores estarán mal remunerados y harán las encuestas de forma apresurada,…

Luego, está el trabajo de “cocina” para imputar una probabilidad de voto a los que no han dicho a quién votarían. Para ello se tienen en cuenta las respuestas de los encuestados al resto de preguntas del cuestionario (recuerdo de voto, valoración de líderes, nivel de confianza y/o rechazo en un determinado partido, percepción de la situación económica,…). Sin “cocina” la capacidad de predicción de escaños será muy baja en situaciones en las que sea elevado el porcentaje de los que no han expresado en la encuesta su intención de voto.

El efecto Brexit en un escenario de previsible ascenso de Unidos Podemos

En el caso de las pasadas elecciones del 26-J, y dando por supuesto que los factores antes citados han sido los correctos en todas las empresas demoscópica (lo cual es mucho suponer), creo que hay algunos factores que podrían explicar el escaso acierto que han tenido las encuestas (sobre todo, en la estimación del voto y escaños del PP y Unidos Podemos).

Me refiero a la incidencia de acontecimientos que pudieron alterar la percepción social de la situación política en los últimos días, pero que no podían ser detectados por unas encuestas que, por razones legales, sólo pudieron publicarse la semana anterior. En esas encuestas previas no sólo se aseguraba el sorpasso de Unidos Podemos, sino que arrojaban un empate técnico con el PP (con diferencias porcentuales de apenas tres puntos entre ambos partidos).

Entre esos acontecimientos cabe destacar el resultado del referéndum británico sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. La inesperada victoria del Brexit impactó en la opinión pública como una piedra arrojada en un estanque, generando un pánico generalizado en los mercados bursátiles y provocando una situación de incertidumbre en la población. Aunque la población española no estuviera muy informada sobre lo que significaba el Brexit, lo cierto es que, entre el viernes 24 y el domingo 26, los medios de comunicación estuvieron informando de una fuerte caída de las bolsas internacionales (con la española como la más afectada) y del panorama de preocupación que eso generaba.

Dicha situación reforzaba la estrategia del miedo en la que se venía basando la campaña electoral de Rajoy ante la amenaza que, en su opinión, representaba Unidos Podemos, y potenciaba aún más la idea de que el PP era el partido que ofrecía seguridad frente al caos e inestabilidad de las otras opciones.

En tal contexto de incertidumbre, al igual que muchos inversores se refugiaron en valores seguros (dólar, oro,…), es probable que muchos votantes acabaran refugiándose en los partidos tradicionales (PP y PSOE), prefiriendo no arriesgar con unos nuevos y bisoños partidos (Cs y Unidos Podemos) que poco sólido habían ofrecido en una campaña electoral bastante anodina, algo infantil y de mucho marketing, pero de escasas y atractivas propuestas.

En el caso de los votantes más tradicionales de IU, es probable que la incertidumbre de los últimos días les llevara a dudar (aún más de lo que ya estaban) sobre su apoyo a la coalición con Podemos. Dada su histórica fobia socialista, no es verosímil pensar que esas dudas les hubieran conducido a votar al PSOE, pero sí es posible que eligieran abstenerse o votar en  blanco como forma de expresar así su descontento con el modo como se había realizado el pacto entre Garzón e Iglesias. (Ver el excelente artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca publicado el día 28 de junio en Infolibre con el título “La caída de Podemos” en el que observa cómo en las provincias donde mayor había sido el voto de IU en las elecciones del 20-D, es donde menos votos ha recogido la coalición con Podemos).

Ese cambio de actitud del electorado no pudo ser recogido por las encuestas, debido, como he señalado, a la prohibición de no publicar sondeos de opinión en la última semana. Por ejemplo, el trabajo de campo de la encuesta del CIS se realizó en el mes de mayo, y el de las últimas publicadas por otras empresas tuvo lugar semanas antes de la fecha de las elecciones.

En esas condiciones tan volátiles, era difícil predecir lo que ocurriría el 26-J. Como señala J.J. Toharia en su artículo del 28 de junio en El País, una encuesta realizada (y no publicada) por Metroscopia la misma tarde-noche del viernes previo al 26-J, indicaba que el efecto Brexit ya había hecho cambiar el voto en un 1% del electorado y que el 3% se lo estaba pensando (un millón de posibles votantes). No es descartable, por tanto, que, en la jornada de reflexión, un porcentaje aún mayor decidiera cambiar su voto refugiándose, como he señalado, en las opciones tradicionales.

Algunas reflexiones finales

Este hecho (el Brexit en un contexto de ascenso de Unidos Podemos, pronosticado desde semanas antes por las encuestas) explicaría el ascenso final del PP hacia el 33,02% (con un aumento de más de 600.000 votos) y la pérdida de casi 400.000 votos de Cs (probablemente transferidos a los conservadores). Asimismo, podría explicar la movilización final de los votantes del PSOE y que este partido mantuviera prácticamente sus votos en torno a los 5 millones y medio (22,68%) evitando el anunciado sorpasso de Unidos Podemos (que perdió más de un millón de votos respecto a lo que obtuvieron por separado los dos partidos el 20-D). El reparto de los últimos escaños en algunas provincias por un puñado de votos, explicaría la composición final del Parlamento.

Todas estas cuestiones habrá que analizarlas en estudios postelectorales. En todo caso, hay que admitir que las encuestas electorales tienen una limitada capacidad predictiva, aún menor a la hora de estimar el número de escaños. Está bien que las empresas demoscópicas debatan sobre lo que ha ocurrido, que mejoren los métodos de muestreo y estimación de las encuestas y que destinen más recursos económicos a su realización. Pero nunca aumentará su capacidad de predicción si la fecha del trabajo de campo se distancia mucho del día de las elecciones. Por eso, es perentorio exigir que se elimine la absurda norma de prohibir la realización de encuestas en los días previos a la fecha electoral.

Termino con una petición final: no hagamos encuestas a pie de urna, que sólo sirven para desprestigiar a los sociólogos y para entretener durante dos horas las tertulias televisivas y radiofónicas hasta conocer los primeros resultados reales.

martes, 12 de abril de 2016

NUEVAS    ELECCIONES

No creo que repetir las elecciones sea un fracaso. Demuestra que nuestro sistema democrático tiene mecanismos para garantizar la gobernabilidad, y que una situación de bloqueo, como la que se produce ahora después de cuatro meses, no amenaza la estabilidad de la democracia española.

Es preferible ir a nuevas elecciones que continuar con la apariencia de una negociación entre dirigentes políticos que han demostrado no tener ninguna confianza unos con otros y que, sólo por miedo, pueden llegar a un mal acuerdo un minuto antes de que acabe el plazo marcado por nuestra Constitución.

No puede salir nada bueno de un pacto en el último momento entre PSOE y Podemos, cuando sus dirigentes han demostrado el profundo poso de desconfianza que les separa, y eso a pesar de la convergencia existente entre sus respectivos programas de gobierno. Sería un gobierno inestable y siempre con el riesgo de ruptura ante cualquier eventualidad de las muchas que suceden en el ámbito de la gestión política.

Tampoco puede salir nada bueno de un acuerdo de última hora entre PSOE-PP-Cs, que premie el inmovilismo de Rajoy esperando recibir los despojos de sus rivales. La gran coalición o algo parecido, si es que llega, debe esperar a que madure por la fuerza de las convicciones de los que participarían en ella, pero no puede estar basada en la resignación de los otros y ser fruto de la frustración.

Todos los partidos han tenido tiempo suficiente para mostrar ante la ciudadanía su capacidad o incapacidad de diálogo, su rigidez o flexibilidad, su inmovilismo o dinamismo. Algunos incluso se han sometido sin éxito a la votación de investidura a sabiendas de que era imposible lograr la mayoría necesaria. Otros hasta se distribuyeron con antelación carteras ministeriales en un alarde surrealista de vender el oso antes de cazarlo

Si no han sido capaces de formar gobierno, es la hora de que los ciudadanos hablemos de nuevo en las urnas. Seremos ahora unos ciudadanos mejor informados que el 20-D, con más conocimiento sobre las virtudes y defectos de los diferentes partidos, y con mayor legitimidad para exigir que hagan público no sólo sus programas electorales, sino también que nos den algunas orientaciones sobre sus posibles políticas de pactos postelectorales (aun sabiendo que eso siempre depende de los resultados). Sea como fuere, seguro que serán unas elecciones más interesantes y útiles que las anteriores.

Habrá probablemente más abstención, y hasta es posible que los porcentajes de voto no varíen mucho, pero los resultados que arrojen las urnas tendrán un efecto diferente. Habrá partidos que, obteniendo un porcentaje similar de votos que el 20-D, tendrán más claro el papel que han de desempeñar en la nueva legislatura y se convencerán de la inconveniencia de intentar repetir pactos que en esta fase no le han llevado a ningún sitio.

Otros habrá que, no obteniendo el crecimiento al que aspiraban, abandonen su estrategia maximalista para acomodarse a la realidad de los hechos y ser más proclives a desarrollar acuerdos de menor alcance, pero más viables. Por último, no faltarán los que, reforzados en las nuevas elecciones, salgan del inmovilismo que les ha caracterizado hasta ahora, ejerzan el liderazgo que no han ejercido en esta fase y ofrezcan alianzas creíbles y aceptables de gobierno.

Creo que, aún en el caso de que los resultados sean similares, nada será igual, empezando por que, si bien puede que sea igual que ahora el cartel electoral, no creo que sean los mismos dirigentes políticos los encargados de negociar la formación del nuevo gobierno.

domingo, 28 de febrero de 2016

SOBRE  LA  LIMITACION  TEMPORAL
 DE  LOS  CARGOS  POLÍTICOS

(Texto publicado el 28/02/2016)

Resulta siempre atractiva la propuesta de limitar el tiempo para ocupar cargos políticos, y suele plantearse como un elemento de regeneración democrática. De hecho muchos partidos lo llevan en sus programas. Cs lo ha incluido en el paquete de reformas para el pacto de gobierno con el PSOE. Sin embargo, merece la pena dedicarle algo de atención a este asunto, para ver en qué medida una propuesta como ésta puede contribuir a regenerar la vida política.

Uno de los argumentos en que se basa la propuesta de limitación temporal de los cargos políticos radica en considerar que una prolongación excesiva de las mismas personas en un cargo aumenta el riesgo de corrupción.

Este argumento no tiene una base lógica ni se sostiene en la realidad empírica. Si la propensión a ser corrupto anida en la codicia de las personas y en su falta de valores cívicos, sería lógico pensar lo contrario, a saber: que mientras más corto sea el periodo de ocupación de un cargo, mayor prisa e interés tendrá el político corrupto en sacar el máximo provecho de la situación de poder que ostenta.

A nivel empírico, hay casos de corrupción en personas que han estado poco tiempo en el ejercicio de un cargo político, y casos de personas honestas que han estado en la vida política un largo periodo de tiempo. Por tanto, esa premisa me parece discutible.

El segundo argumento es el que considera que limitando el tiempo de ocupación de un cargo público por las mismas personas, se posibilitaría la renovación de las élites políticas abriendo la puerta a la entrada de nuevas generaciones de políticos. Este argumento no tiene que ver con el riesgo de corrupción, sino con la idea de que lo nuevo siempre es mejor que lo viejo. Se plantea así que sería bueno para la democracia que, cada cierto tiempo (ocho años, por ejemplo), las instituciones fuesen renovadas para que entre aire fresco en ellas.

Este segundo argumento me parece también discutible, ya que, en democracia, la experiencia es un valor que se adquiere con el ejercicio del poder y mediante la asunción de responsabilidades públicas. Sin duda que es positiva la renovación de los cargos políticos, pero no mediante una limpieza general cada ocho años, que puede llevarse por delante un valioso capital de experiencia política en un país, como el nuestro, no sobrado precisamente de buenos políticos.

Los políticos deben ser renovados no por ser viejos (es decir, no por llevar mucho tiempo en un cargo), sino por ser ineficaces en el ejercicio de sus responsabilidades públicas o bien por mostrar signos de agotamiento. Correspondería a los partidos proceder a la renovación de sus cuadros dirigentes si quieren evitar que su imagen aparezca anquilosada y poco creible ante los electores, que son los que, en última instancia, deben decidir si esa renovación es o no la acertada.

Sea por un argunento o por otro, lo cierto es que el tema de la limitación temporal de los cargos públicos ha irrumpido en la agenda política. Y esto a pesar de que la excesiva permanencia en la presidencia del gobierno de la nacion no sea un problema en España, donde sólo Felipe González superó los ocho años al frente del gobierno.

Además de no ver ni necesaria ni conveniente la propuesta, lo que me parece más discutible es el hecho de que la limitación temporal se “constitucionalice”, es decir, se incorpore en la reforma constitucional, tal como ha propuesto Albert Rivera.

En mi opinión, una propuesta como ésa tendría sentido en sistemas presidencialistas puros, en los que el Jefe del Estado (que además tiene poderes ejecutivos) es elegido directamente por los ciudadanos (como es el caso de las repúblicas latinoamericanas, de los EE.UU. y de países europeos como Francia, Austria o Portugal).

Sin embargo, no veo ningún sentido introducir en la Constitución española la limitación del tiempo de mandato de los presidentes de gobierno en sistemas parlamentaristas como el nuestro. Su mandato emana del Parlamento y su continuidad depende de que el poder legislativo apoye su investidura, y le siga dando la confianza necesaria para aprobar los proyectos de ley que presente como presidente de gobierno. En caso contrario, será revocado de su puesto al frente del poder ejecutivo.

Dicho esto, cabe otra posibilidad, mucho más interesante. Me refiero a que sean los propios partidos políticos los que incorporen en sus estatutos la limitación temporal de cargos orgánicos y, como extensión, limiten la permanencia de sus dirigentes en puestos de responsabilidad pública.

En efecto, podría ser una vía interesante de regeneración de nuestra democracia que los partidos pongan límite al tiempo en que un presidente o secretario general pueda desempeñar ese cargo orgánico, o limiten el tiempo en que una misma persona del partido pueda ser incluida como candidata en las elecciones municipales, regionales o nacionales.

Hacer eso tendría un efecto directo en la renovación interna de los partidos, y de paso renovaría los cargos públicos ostentados por sus afiliados.

Pero ésta sería una decisión a tomar por los partidos políticos en el ámbito de su libertad como asociaciones privadas que son, y de acuerdo con la estrategia que consideren más adecuada.

En definitiva, no me parece bien que, en aras de la regeneración democrática, se reforme la Constitución para incorporar la lógica presidencialista en un sistema de naturaleza parlamentaria como el nuestro.

Es mejor que la regeneración comience en el seno de cada partido, buscando la mejor fórmula para recuperar la confianza de los ciudadanos. No sería mala fórmula que empezaran por limitar temporalmente sus cargos orgánicos y por acotar el tiempo de permanencia en las listas electorales.