DIEZ APUNTES TRAS LA APLICACIÓN DEL ART. 155
Ha transcurrido algo más de un mes desde el 1-O,
pero han sido tantos los vaivenes de la situación política catalana, que parece
haber pasado un largo periodo de tiempo.
Los hechos se han ido precipitando a
un ritmo de vértigo por lo que no viene mal recordarlos: aprobación de las
leyes de desconexión y transitoriedad por el Parlament el 7-8 de septiembre en flagrante violación del orden
constitucional; intento de celebración del referéndum ilegal el 1-O con la
consiguiente intervención policial; detención de los dirigentes de las
organizaciones ANC y Omnium
cultural; declaración unilateral de independencia por el Parlament el 21 de octubre (tras las dudas hamletianas del President) y aplicación inmediata del
art. 155 por el gobierno de la nación; cese del Govern y convocatoria de elecciones catalanas para el día 21-D; salida
a Bruselas de Puigdemont con una parte de sus antiguos consellers; comparecencia de otra parte del Govern ante la jueza Lamela de la Audiencia Nacional y su envío a
prisión; comparecencia de los miembros de la mesa del Parlament ante el juez Llarena del Tribunal Supremo (debido a su
condición de aforados)…
Para complicarlo todo aún más, nos encontramos con
una situación en la que se mezcla la lógica política y la lógica judicial, con
sus propios ritmos y calendarios, que hacen aún más cambiante el panorama, provocando cambios de estado de ánimo en la
ciudadanía (de la euforia a la depresión), cuando no un hartazgo cada vez más insoportable. Es un escenario cargado de pasiones, impregnado de emotividad y
salpicado de medias verdades e incluso de mentiras intencionadas.
En definitiva, un panorama enardecido y enrarecido, ante el que hay que detenerse y recapitular para poner orden en las complicadas piezas que lo componen. Con ese propósito comparto las siguientes reflexiones.
En definitiva, un panorama enardecido y enrarecido, ante el que hay que detenerse y recapitular para poner orden en las complicadas piezas que lo componen. Con ese propósito comparto las siguientes reflexiones.
1)
Aunque en las redes sociales no dejan de
aparecer comentarios jocosos sobre el tema catalán en un frívolo regodeo de los
acontecimientos, la realidad es que estamos ante la más grave crisis de la
democracia española desde el fallido golpe de estado del 23-F, ya que este tema no es sólo de Cataluña, sino que nos afecta a todos. Es una crisis
que, de no encauzarse, podría tener, además, unas implicaciones económicas que
harán empequeñecer la que venimos sufriendo desde 2007. El Banco de España ya
ha estimado para el año próximo una pérdida de más de 30.000 millones de euros en
términos del PIB si la inestabilidad continúa en Cataluña. No debemos olvidar
que la economía catalana representa el 20% de la economía española, además del
efecto indirecto que la crisis política pueda tener en el empleo y en las
inversiones extranjeras en nuestro país.
2)
El procés
ha tocado fondo al tropezar con el poder institucional del Estado. Por mucho
que el bloque secesionista active estrategias de resistencia, el procés, tal como lo hemos conocido, no
tiene ya más recorrido. Después del 21-D, nada será igual, ya que lo más
probable es que cambien los interlocutores y sean distintas las estrategias,
una vez que sus protagonistas valoren lo ocurrido hasta aquí. El
independentismo seguirá, sin duda, presente en la sociedad catalana, y seguro
que con una pujanza similar o superior incluso a la de ahora. Pero tras las
elecciones autonómicas será distinto el escenario en Cataluña y continuará Rajoy
al frente del gobierno de la nación, manteniéndose firme en la defensa del
Estado de derecho.
3)
La aplicación del art. 155 se ha realizado
dentro de la más escrupulosa legalidad y de acuerdo con lo establecido en la
Constitución. Paradójicamente, una cámara alta tan desprestigiada como el
Senado, ha desempeñado un papel crucial en el procedimiento de intervención. Ha sido impecable el modo como se han desarrollado los debates en la comisión y
en el pleno hasta conducir a la autorización al gobierno para que aplique las
medidas que hagan efectiva la suspensión de las competencias políticas en
Cataluña. El control de los Mossos se
ha realizado con una sorprendente normalidad, al igual que el de las distintas
consejerías de la Generalitat.
4)
El cese del President
y de los miembros del Govern
estaba dentro de las posibles medidas del art. 155, por lo que no ha causado
sorpresa. Sin embargo, la convocatoria electoral para el 21-D ha sido sorprendente
por su rapidez, habiendo dejado descolocadas a las fuerzas políticas catalanas
y en especial al bloque secesionista. La virtud de una convocatoria electoral
tan rápida es que reduce al mínimo el periodo de aplicación del art. 155, y con
ello los riesgos que conlleva. Puede que, para los sectores más españolistas,
deseosos de prolongar la suspensión de las competencias de la Generalitat en una especie de estrategia
de tierra quemada, la medida de aplicar un art. 155 de corta duración les
resulte decepcionante por entender que el trabajo de “cirugía” se quedará a
medias. Pero Rajoy, con el apoyo de Cs y, sobre todo,
del PSOE, no ha querido arriesgarse a transitar por un camino lleno de
incertidumbre y dificultades. No obstante, el mandato del Senado es
de seis meses, por lo que la aplicación del art. 155 no acaba el 21-D, pudiendo, además, el Gobierno solicitar
su ampliación según cómo se desarrollen los acontecimientos.
5)
La salida del ya expresidente Puigdemont y de
parte de su gobierno hacia Bruselas, ha sido interpretada por muchos como una
huida y una traición al resto de sus compañeros. Pero en mi opinión hay que
entenderla en términos de una estrategia jurídica y política en
coordinación con el resto de consellers, si bien una estrategia de alto riesgo. Con su salida, Puigdemont persigue, sin duda, eludir la justicia española (a la
que acusa de estar politizada y de no ser independiente), pero también
internacionalizar el conflicto, esperando que algún país de la UE ceda a la
tentación de dudar de la credibilidad democrática española. Esperemos a cómo se
desarrolla la aplicación de la orden europea de detención decretada por la
Audiencia Nacional (AN) y ante la cual Puigdemont se ha presentado ante la fiscalía belga, que es la que debe decidir sobre el proceso judicial.
6) La entrada en prisión sin fianza de los consellers que se han quedado en España,
ordenada por la jueza Lamela de la AN, puede ayudarle a Puigdemont en su
estrategia, esgrimiendo, aunque sea sin base jurídica alguna, el argumento de
la existencia de “presos políticos”. Además, el diferente tratamiento que sobre
la misma querella del fiscal ha hecho el juez Llarena del Tribunal Supremo (TS)
respecto a los miembros de la mesa del Parlament
(que ha rebajado el delito de rebelión y les ha dado un plazo de una semana a
los miembros de la mesa del Parlament
para que sus abogados tengan más tiempo en preparar sus defensas), da
argumentos a la estrategia de Puigdemont de cuestionar el poder judicial
español al mostrar que existen distintas varas de medir el mismo delito. Para
los que quieran profundizar en la complejidad de este asunto, recomiendo dos
excelentes artículos escritos desde posiciones distintas: uno, de Teresa
Freixes, argumentando en favor del auto de la jueza Lamela (“Delito de rebelión
para el Govern, ¿por qué?”, publicado el 3 de noviembre en la sección Ideas de la revista ED), y el otro, de
Miguel Pasquau, cuestionando dicho auto (“Alzamiento, sedición y rebelión”
publicado el 1 de noviembre en la revista digital ctxt.es).
7)
Sea como fuere, lo cierto es que la discrepancia
entre la AN y el TS no ayuda a la imagen de equidad y profesionalidad de la
justicia española, y da alas al victimismo de los secesionistas. Es, por
tanto, una situación preocupante, que, si no se remedia en los próximos días
unificando criterios entre ambos organismos judiciales, podrá influir en la
opinión pública internacional, volátil por naturaleza, y aún más ante la
debilidad crónica de la diplomacia española. Además, si continúa esa
discrepancia entre el TS y la AN hay riesgo de que el tema acabe en el Tribunal
de Derechos Humanos como ya ocurrió con el caso Bultó en los años 1980, lo que
empeoraría la imagen de la democracia española.
8)
Por muy ajustado a derecho que esté el
encarcelamiento de los dirigentes catalanes dada la gravedad de los delitos que se les imputa, es indudable su efecto político. Celebrar
las elecciones del 21-D en unas circunstancias así no es el mejor escenario, ya
que los comicios se verán condicionados por ello, tanto en lo que se refiere al
ambiente político, como a las estrategias electorales y al desarrollo de la
campaña. Serían elecciones celebradas en un escenario aún más polarizado y
fracturado de lo que está ahora y fuertemente cargado de emotividad y
victimismo, lo que no es lo más indicado para un proceso electoral. Además, la
campaña se vería inevitablemente empañada por demandas de amnistía y libertad
que, sustituyendo a los programas políticos con los que los partidos suelen
presentarse a los comicios, se extenderían de forma transversal monopolizando
el eje de los debates. Al favorecer una estrategia frentista, esas demandas,
que apelan más al corazón que a la cabeza de los votantes, lograrían ocultar
las profundas desavenencias hoy existentes dentro del bloque independentista,
además de permitirles a los dirigentes secesionistas envolverse en el manto del
victimismo evitando rendir cuentas ante el electorado por los errores cometidos
durante el procés. Asimismo, la
permanencia en la cárcel de los dirigentes políticos catalanes durante la
campaña electoral serviría de acicate a la revitalización del bloque
independentista, un bloque en horas bajas tras el fracaso del procés y tras el impacto de la gran movilización
no secesionista activada días atrás por la SCC (Societat Civil Catalana). En
este sentido, no debe olvidarse que un movimiento como éste de la SCC, logrado
a base de mucho esfuerzo, necesita, para verse reflejado en forma de votos en las
urnas, un escenario menos enardecido y más sosegado para que los votantes
decidan su voto con cierta racionalidad y no con las emociones a flor de piel.
9)
Aún es pronto para hablar de posibles escenarios
tras el 21-D, ya que quedan cincuenta días en una campaña que se prevé dura y
complicada. Aún no se conocen las estrategias de los partidos soberanistas: si
reproducir un frente común para convertir las elecciones de nuevo en
plebiscitarias, o si presentar listas por separado para dar lugar a posteriores
alianzas en función de los resultados. Parece que sólo el PDdeCat (antigua CiU)
está interesado en reeditar el frente independentista, dado que, yendo por
separado, corre el riesgo de sufrir una fuerte derrota en favor de ERC.
Respecto a los Comunes de Ada Colau y de un sector de Podemos, ya han anunciado
que presentarán una lista propia (encabezada por Xavi Doménech), aunque con un
programa común lo suficientemente transversal como para dejar abierta posibles
alianzas postelectorales con otras fuerzas soberanistas.
10) Respecto a los partidos no
soberanistas, ya se sabe que no habrá frente común a pesar de la insistencia de
Cs. Además de las profundas diferencias programáticas entre el PSC y el PP,
está en la memoria de ambos partidos la fracasada experiencia frentista de las
elecciones vascas de 2001, cuando el frente PSOE-PP (liderado por Nicolás
Redondo Terreros y Jaime Mayor Oreja) se vio derrotado por el PNV de Ibarretxe,
y no quieren repetirla en Cataluña. Por eso, tanto PP, como PSC y Cs se
presentarán por separado, con la esperanza de que el bloque secesionista no
alcance la mayoría parlamentaria, algo que se antoja difícil a la luz de las
últimas encuestas, que arrojan un escenario muy parecido al actual.
Todo está abierto, por tanto, y nos esperan varias semanas de vértigo hasta llegar a los comicios del 21-D, una fecha que marcará no el final, sino el inicio de un nuevo escenario que habrá que gestionar desde dentro de Cataluña y desde el conjunto del Estado.
Si se gestiona bien, la situación catalana podrá normalizarse encauzándola hacia un nuevo encaje de Cataluña en el Estado, algo que inevitablemente deberá pasar por algún tipo de consulta legal y pactada, tras la correspondiente reforma constitucional (con la que está de acuerdo más de la mitad de los españoles según las últimas encuestas).
Pero si fracasa el diálogo político, y el independentismo persiste en su desafío al Estado de derecho, se agravará aún más la inestabilidad en Cataluña. Ello tendrá graves efectos directos en el resto de España y efectos colaterales en la UE, llevándonos a un abismo al que, si bien algunos, en su delirio, puedan sentirse fascinados a precipitarse por él, muchos otros ciudadanos no están dispuestos a ello.
Todo está abierto, por tanto, y nos esperan varias semanas de vértigo hasta llegar a los comicios del 21-D, una fecha que marcará no el final, sino el inicio de un nuevo escenario que habrá que gestionar desde dentro de Cataluña y desde el conjunto del Estado.
Si se gestiona bien, la situación catalana podrá normalizarse encauzándola hacia un nuevo encaje de Cataluña en el Estado, algo que inevitablemente deberá pasar por algún tipo de consulta legal y pactada, tras la correspondiente reforma constitucional (con la que está de acuerdo más de la mitad de los españoles según las últimas encuestas).
Pero si fracasa el diálogo político, y el independentismo persiste en su desafío al Estado de derecho, se agravará aún más la inestabilidad en Cataluña. Ello tendrá graves efectos directos en el resto de España y efectos colaterales en la UE, llevándonos a un abismo al que, si bien algunos, en su delirio, puedan sentirse fascinados a precipitarse por él, muchos otros ciudadanos no están dispuestos a ello.