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martes, 9 de mayo de 2017

LA VICTORIA DE #MACRON
(versión ampliada del artículo publicado en el Diario Córdoba el 09/05/2017)


La clara victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (más del 65% de los votos válidos) da un respiro a las cancillerías de los Estados de la UE y a muchos ciudadanos que apoyan el proceso de integración europea. Pero es un alivio temporal, ya que la preocupación continuará hasta las legislativas de junio, a las que Macron acude sin una sólida base partidaria.

Su plataforma electoral “¡En Marche!”, creada hace apenas un año, y transformada ayer mismo en el partido político “La Republique en Marche”, tendrá serias dificultades para presentar candidatos con posibilidades reales de victoria en las casi 600 circunscripciones donde los partidos competirán a dos vueltas por obtener el escaño en disputa en cada circunscripción.

A pesar de la elevada abstención (casi el 30%, la más alta desde 1969) y del alto porcentaje de votos en blanco y nulos (casi el 12%), ha funcionado el “pacto republicano” para evitar la victoria de Marine Le Pen. Sin embargo, los más de 10 millones de votos obtenidos por ella (uno de cada tres votantes), supone un ascenso de dimensiones considerables del Front National (FN), un partido antieuropeo, populista y xenófobo. Por ello, es un serio aviso a tener en cuenta, ya que Le Pen y su partido están para quedarse.

El perfil de los votantes de Macron 

Los resultados de varias encuestas prueban cómo ha funcionado el "pacto republicano" en la segunda vuelta. Según la encuesta del Instituto Harris Interactive, un 53% de electores que votaron en la primera vuelta al izquierdista de "France Insoumise" Melenchon habrían votado a Macron en la segunda, y un 79% de los que votaron al socialista Hamon. Por la derecha, el 48% de los que votaron en primera vuelta a Fillon y el 26% de los de Dupont-Aignan, lo hicieron por Macron en la segunda vuelta. Ello indica que casi la mitad de los votos obtenidos por Macron proceden del ámbito de la izquierda, una cuarta parte proviene de la derecha y un tercio del centro, corroborando así la eficacia del "pacto republicano" para frenar a Le Pen.

Además, la encuesta realizada por Ipsos señala que dos tercios de los electores de 18-24 años han votado a Macron, reduciéndose sensiblemente el apoyo entre los que tienen 35-49 años (un 57%). En lo que se refiere al nivel de formación, una gran mayoría de los votantes de formación media-alta votaron a Macron (un 81% de los que tienen el título de Bachillerato y, al menos, tres años de estudios más).

Respecto a la renta, votó a Macron una mayoría de los de renta media-alta (el 75% de los que viven en hogares con ingresos superiores a 3.000 euros mensuales), siendo menor el voto a Macron entre los empleados (un 54%) y entre los obreros (un 44% frente al 52% a Le Pen).

La encuesta del Instituto Harris Interactive señala que el 41% de los que han votado a Macron dice que lo hicieron por estar convencidos de que era su opción como Presidente, mientras que un 59% dice que lo votaron por evitar que saliera Le Pen. Finalmente, esa misma encuesta indica que entre los votantes de Macron los temas que predominan son Europa, el empleo y la educación, mientras que, entre los de Le Pen, la inmigración, la lucha contra el terrorismo y la seguridad de las personas y bienes son los temas predominantes.  

En resumen, el votante medio de Macron es un elector joven (aunque con presencia también de votantes mayores), bien formado, de renta media-alta, simpatizante de izquierda (aunque con presencia también de simpatizantes de centro y derecha) y preocupado por los temas europeos, el empleo y la educación.

Legislativas inciertas y probable "cohabitación"

Surge la duda de si el “pacto republicano” funcionará también en las legislativas. Si no es así, y si proyectamos el más del 30% de votos obtenido por Le Pen en esta segunda vuelta de las presidenciales, el FN podría pasar de los dos diputados que tiene ahora en la Asamblea Nacional a casi un centenar, lo que tendría un fuerte impacto en la vida parlamentaria francesa.

Pero aún en el caso de que el “pacto republicano” funcione, puede que no sea el recién creado partido de Macron el que se vea beneficiado, debido a la ya comentada debilidad partidaria de su base de apoyo.

Por eso, es muy alta la probabilidad de que se dé una “cohabitación” entre Macron, como Presidente (en el Palacio del Eliseo), y un Primer Ministro (en el Palacio de Matignon) de otro color político. No es la primera vez que ocurre en Francia. Ya hubo cohabitación de Mitterrand con el gaullista Chirac (1986-1988 y 1993-1995), y de éste con el socialista Jospin (1997-2001), pero ahora, si se produjera, la situación sería diferente.

En esas tres ocasiones, la cohabitación se producía entre los dos grandes partidos en los que se apoyaba la V República (el gaullista y el socialista). Ahora, la situación sería entre un Presidente (Macron) sin una sólida base partidaria (y elegido gracias a votos procedentes de fuerzas políticas distintas de la suya y agrupadas para frenar a Marine Le Pen), y un Parlamento muy fragmentado, del que saldrá un Primer Ministro que tampoco gozaría de una base parlamentaria cohesionada.

Macron y la transversalidad

Sin embargo, la debilidad de Macron podría ser, paradójicamente, su fuerza, si sabe aprovechar su posición de centro reformista en el tablero político francés y es capaz de atraer a su proyecto transversal de reforma a grupos situados tanto a su izquierda, como a su derecha (ver el apartado anterior sobre el perfil del votante de Macron).

Por ejemplo, amplios sectores del socialismo galo (Valls, Hamon, Royal, Aubry,…) podrían sintonizar con el proyecto reformista de Macron. También podrían hacerlo, incluso, algunos de los grupos menos radicalizados de la “France Insoumise” y que abogan por una reforma gradual del sistema político y económico francés.

Por su derecha, tanto el partido centrista de Bayrou (con el que Macron ya tiene firmado un pacto para las legislativas), como los grupos liberales y democristianos del movimiento gaullista “Les Republicains” (Juppé, Fillon, Sarkozy,…), que mantendrá una fuerte presencia en la Asamblea Nacional después de junio, podrían también apoyar, o al menos no oponerse, el proyecto reformador de Macron.

Macron y Europa

Justo hoy 9 de mayo "Día de Europa", la UE espera a Macron como una oportunidad de recomponer el eje franco-alemán desde el respeto mutuo y no de la sumisión a Berlín. Este eje, que ha sido fundamental en el proceso de integración europea, ha estado prácticamente desaparecido en la etapa de Sarkozy y de Hollande ante el dominio absoluto de las políticas de austeridad y ajuste impuestas por Merkel en el marco del Pacto de Estabilidad de la UE. No le va a ser fácil a Macron doblegar la ortodoxia económica alemana, por lo que deberá buscar otros apoyos dentro de la Unión.

Además, en la UE de hoy, el eje franco-alemán ya no puede por sí sólo ser el motor de la integración europea. Debe abrirse a otros países, como España, que tras el Brexit está recuperando protagonismo en la escena europea, y también a Italia, que se colocará de nuevo en el centro del tablero político europeo cuando se lleven a cabo las elecciones de otoño y recupere la estabilidad perdida tras varios meses de provisionalidad ocasionada por la derrota de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional.

Macron tiene la ocasión de revitalizar un proyecto europeo en horas bajas y de reintroducir en la UE el espíritu de reforma social y no sólo económica, que nunca debió perder y que forma parte de las esencias del proceso de integración. La firme convicción europeísta de Macron y sus seguidores es un elemento esperanzador (banderas de la UE llenaban la plaza del Museo del Louvre, mientras se escuchaba el “Himno a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven), pero se tiene que traducir pronto en hechos.

Los jóvenes europeístas que le han apoyado en Francia, y los que, desde fuera, han visto con satisfacción la victoria de Macron, no pueden esperar. Han sido años de políticas de austeridad y de promesas incumplidas de recuperación, que han provocado el pesimismo y la desafección política en muchos sectores de la ciudadanía europea. Ahora toca equilibrar el proceso de integración recuperando el pilar de la agenda social europea, sin que ello signifique abandonar la disciplina en el pilar económico. Y eso Macron lo ha dejado claro en sus comparecencias públicas durante la campaña electoral.

No obstante, la Europa de 27 países es una maquinaria muy pesada para avanzar al unísono, como sería deseable, y Macron lo sabe. Como ha señalado en la campaña, es más realista pensar en un avance a varias velocidades con un “núcleo duro” de países dispuestos a profundizar en la Unión Económica y Monetaria, en la Agenda Social y en la Union Europea de la Defensa y la Seguridad, y de avanzar en una mayor integración en temas tan candentes como la cuestión migratoria.

Un alivio, por ahora

Se recibe con alivio la victoria de Macron, pero deberíamos sentirnos preocupados por el importante apoyo obtenido por Marine Le Pen. El sistema electoral francés de dos vueltas actúa de dique de contención contra los extremismos. Pero es un dique construido con una amalgama de fuerzas políticas tan dispares, que lo hace vulnerable.

Por eso, para ser consistente, las fuerzas republicanas moderadas a derecha e izquierda deben cohesionarse en torno a un sólido proyecto reformista que, afrontando los graves desequilibrios existentes en la economía francesa, devuelva la confianza en la capacidad de la clase política para reducir la brecha social y mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Ese es el reto de Macron. De que lo logre depende el futuro de Francia, pero también el de Europa.

lunes, 1 de mayo de 2017

TODO   POR   DECIDIR  EN  #FRANCIA

Las elecciones presidenciales francesas están zarandeando las bases sobre las que se había construido la V República. El paso a la segunda vuelta de dos candidatos (Emmanuel Macron y Marine Le Pen) que no representan a los dos grandes partidos (socialistas y neogaullistas) en los que se había basado el régimen presidencialista impuesto por el general De Gaulle en 1958, constituye una novedad, y al mismo tiempo abre un escenario de incertidumbre.

Muchos analistas se han apresurado a pronosticar el final del bipartidismo en Francia, pero hay que esperar a las elecciones legislativas de junio para confirmar o desmentir ese aserto, ya que tanto socialistas como neogaullistas conservan aún una poderosa estructura orgánica extendida por todo el territorio francés. No obstante, ambos partidos (que hoy ocupan más del 80% de los escaños de la Asamblea Nacional) saldrán debilitados de las elecciones presidenciales y tendrán que recomponer sus filas rápidamente para afrontar el desafío de las legislativas un mes después. Pensemos que los 577 escaños de la Asamblea Nacional se dirimen en pequeñas circunscripciones (de unos 100.000 electores) donde los partidos compiten a dos vueltas por un solo escaño en cada circunscripción.

La siempre arriesgada introducción de primarias en un partido tan heterogéneo como el socialista PSF (cosido de mala manera por Mitterrand al final de los 1970), abrió en canal las divisiones internas dentro del partido (al enfrentar “aparato” y “militancia”). De hecho, Benoit Hammon, ganador de las primarias frente al candidato oficialista Manuel Valls (Primer Ministro socialista), ha sufrido una estrepitosa derrota en la primera vuelta de las presidenciales, con un escuálido 6% de votos. Su derrota es aún más dolorosa si tenemos en cuenta que ni siquiera ha recibido el apoyo de los principales dirigentes de su partido (tanto Hollande, como el mismo Valls, pidieron el voto para Macron).

Lo mismo, aunque en menor medida, ha ocurrido entre los que esgrimen el legado del gaullismo y se agrupan en el partido Les Republicains (heredero de la UMP creada en 2002 por Jacques Chirac). Alain Juppé, candidato favorito de la plana mayor gaullista, se vio sorprendentemente superado en las primarias por François Fillon, dividiendo las filas republicanas y reduciendo las opciones de éste como candidato de centro derecha a las presidenciales, unas opciones ya de por sí bastante debilitadas por los escándalos de corrupción denunciados durante la campaña. Aunque la derrota de Fillon ha sido honrosa al obtener un 20% de votos, no muy alejado del porcentaje obtenido por Macron (23%) y Le Pen (21%), el fracaso del neogaullismo es innegable, ya que es la primera vez en la historia de la V República que su candidato no pasa a la segunda vuelta.

La victoria de Macron en la primera vuelta

Antiguo ministro de Economía en el gabinete socialista de Valls, del que dimitió al no imponer su programa de reformas económicas, Macron es un verso suelto en la política francesa. Hijo de profesional liberal (médico), fue socialista de base desde 2001 y dejó de serlo en 2015, pero sin ocupar cargos orgánicos dentro del PSF, por lo que su perfil está a años luz de la mayor parte de los dirigentes de los “aparatos” de los partidos. Tiene una excelente formación (se formó en la Escuela Nacional de la Administración) y experiencia en el mundo de las finanzas, lo que convenció al Presidente Hollande para llevarlo, primero, como asesor al Elíseo y, luego, como he comentado, a integrarlo como ministro en uno de sus gobiernos.

Una vez que dimitió del gobierno, Macron ha capitalizado el mensaje transversal de su plataforma electoral “¡En Marche!” (EM, coincidente con las iniciales de su nombre), creada hace solo un año como un movimiento que se presentaba “ni de izquierdas ni de derechas”. También ha capitalizado como su imagen de político joven (39 años) y reformista, y su discurso europeísta y a favor de la globalización.

Esto le ha permitido a Macron atraer al 23% de un electorado joven, proeuropeo, transnacional y cosmopolita, frente al discurso racista, nacionalista, antiglobalización y antieuropeo del Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen (21% de los votos). El FN es un partido que ha penetrado en la Francia profunda y resulta atractivo a sectores descontentos con los efectos negativos de la globalización económica, la llegada de inmigrantes y la hegemonía supranacional de Bruselas.

La actual posición de Macron en el centro del tablero político le ha hecho tener que posicionarse también frente al discurso altermundialista y altereuropeo, de la “France Insoumise" (Francia Insumisa) (FI) del antiguo dirigente socialista Jean-Luc Mèlenchon, quien obtuvo casi el 20% de los votos en la primera vuelta. FI es una heterogénea coalición de comunistas, socialistas radicalizados, trotskistas, ecologistas,… a la izquierda del PSF, muy al estilo de Unidos Podemos (de hecho, Pablo Iglesias ha participado en alguno de los mítines de Mèlenchon).

Sin embargo, al contar sólo con una plataforma electoral (¡En Marche!) y no con un partido sólido (ahí su debilidad), Macron se encuentra ante un escenario complicado sobre el que le llueven apoyos, pero que proceden de campos tan alejados de su programa político de centro reformista, que estarán siempre condicionados por exigencias de todo tipo si es elegido Presidente de la República. La soledad de Macron en la antesala del poder de la V República sería digna de un retrato literario, si no fuera por lo que Francia se juega en ello. No disponer de un partido bien extendido en el territorio será para Macron una debilidad ante las elecciones legislativas de junio. 

La segunda vuelta

Sin embargo, nada está decidido, y las espadas están en alto ante la segunda vuelta del próximo domingo. El alivio que significó en Bruselas la victoria de Macron en la primera vuelta, y el apoyo público a su candidatura por parte de los derrotados Hammon y Fillon, además del llamamiento desesperado de Juppé pidiendo también el voto para frenar a Le Pen, despierta una confianza en la victoria de Macron que, en mi opinión, es exagerada y que debe ser rebajada por varias razones.

a) La primera, por la ambigüedad de Mèlenchon, que no ha expresado todavía públicamente su apoyo a Macron y que puede provocar la desmovilización del voto de izquierda que tan brillantemente supo cohesionar en la primera vuelta. El miedo a que se rompa la compleja coalición “Francia Insumisa” de cara a las legislativas, hace que Mèlenchon no se decida a pedir el voto por Macron, un político cuya trayectoria junto a la élite empresarial y financiera despierta incluso más recelo que Marine Le Pen entre determinados sectores de la izquierda radical, muy dados al discurso antisistema, antinorteamericano y populista (el pueblo frente a la “casta” y la “trama” de las élites políticas, los “pobres” frente a los “ricos”).

De hecho, las últimas encuestas indican que un 20% de los votantes de Mèlenchon en la primera vuelta estarían dispuestos a votar a Le Pen antes que a Macron. Llama la atención que, en las elecciones de 2002, Mèlenchon pidiera el voto para Chirac para frenar a Jean Marie Le Pen en una situación similar a la actual, aunque es verdad que entonces sin la popularidad y el apoyo de que goza ahora el dirigente de izquierda.

b)  La segunda razón se basa en la feroz campaña que está haciendo Le Pen en estos quince días previos a la votación decisiva del 7-M, mostrando un ímpetu, una agresividad y una desfachatez al estilo de Trump (Francia lo primero), cambiando sus promesas sobre la marcha y en función de la coyuntura (por ejemplo, de manera oportunista ha renunciado a la presidencia de su partido FN para presentarse ante los electores como la presidenta de todos los franceses, ha retirado su intención de sacar a Francia del euro). 

Su estilo contrasta con el de Macron, más “suave”, más racional, menos dado a la demagogia y más proclive a confiar en las bondades de la globalización y en seguir integrados en la UE (dos referencias que cotizan a la baja en el mercado político de hoy). Me temo que el estilo Le Pen, capaz de seguir cohesionando a ese 21% de votantes de la primera vuelta, sea también atractivo a otros sectores del electorado a izquierda y derecha, más identificado con el discurso populista, antieuropeo y de repliegue nacionalista, que con el más abierto, cosmopolita y proeuropeo de Macron.

Por eso está siendo importante la citada ambigüedad de Mèlenchon ante la segunda vuelta, ya que puede dejar a la intemperie a muchos votantes de izquierda impregnados, como los “lepenistas”, del discurso antieuropeo, nacionalista y antiélites, y que, si bien por barreras ideológicas, no votarán a Le Pen, pueden irse a la abstención o al voto en blanco.

c)  La tercera razón estriba en la capacidad (o incapacidad) de los líderes gaullistas Fillon y Juppé para seducir a sus votantes de derecha para que se inclinen por Macron por el “bien de Francia”, que es un discurso típico del gaullismo, pero que cada vez más es capitalizado por el Frente Nacional (el pacto de Le Pen con el disidente gaullista Nicolas Dupont-Aigan, que obtuvo casi un 5% de los votos en la primera vuelta, es sintomático).

No podemos tampoco olvidar  que, lejos de la cohesión mostrada por el gaullismo desde que el General De Gaulle creara a final de los años 1950 el movimiento UNR, el actual Les Republicains es una compleja organización donde conviven familias políticas de centro y derecha que están poco cohesionadas en torno a un programa claro y que carecen de un fuerte liderazgo. Ello hace que sea difícil de pronosticar qué van a hacer en la segunda vuelta los que votaron por Fillon y se sienten cercanos al discurso nacionalista y ultraconservador de Le Pen.

En esos tres factores va a estar la clave de lo que ocurra el próximo domingo, y es por eso que señalo la incertidumbre del resultado, por cuanto que ninguno de dichos factores lo controla el candidato favorito Macron. Todo está abierto en las elecciones más inciertas de la historia reciente de Francia, y decisivas para el futuro de la Unión Europea.

martes, 28 de junio de 2016

IN  MEMORIAM 

A la muerte de Edgar Pisani.   


El pasado 20 de junio murió en París a la edad de 97 años, Edgar Pisani, político francés cuya trayectoria ha marcado la vida política de Francia y de la UE durante casi tres cuartos de siglo. Nacido en Túnez (cuando aún era protectorado francés), hijo de una familia de origen maltés, su vida ha estado vinculada a cuatro grandes pasiones: el servicio público, la agricultura, el europeísmo y la dos orillas del Mediterráneo.

Después de una participación activa en la resistencia francesa contra la ocupación nazi (fue decisiva su participación en la defensa de la prefectura de París, recogida en la película “Arde París”), se unió al equipo del General De Gaulle al finalizar la II Guerra Mundial, ocupando diversos cargos de responsabilidad en el gobierno de concentración nacional.

Desde entonces emprendió una carrera política desde los puestos locales (alcalde, prefecto,…) hasta los provinciales y nacionales (diputado y senador, ministro en varias ocasiones). Siendo un político de izquierda vinculado al partido socialista, pero abierto al diálogo con otros grupos políticos, fue por, encima de todo, una persona al servicio de los intereses generales, lo que le llevó a participar en gobiernos de coalición de amplio espectro. Su conciencia de servidor público se imponía sobre sus lealtades partidarias.

Al comienzo de la V República con el regreso del general de Gaulle a la escena política francesa tras la crisis de Argelia, el primer ministro francés Michel Debré lo nombraría Ministro de Agricultura en 1961, cargo que ocuparía hasta 1966. Desde ese puesto de responsabilidad, Edgar Pisani sería el artífice de las grandes leyes de orientación de la agricultura francesa (1962) que impulsaron el proceso de modernización agraria en ese país. En esas dos leyes plasmaría su gran pasión por la agricultura, promoviendo programas tales como los de regulación del mercado de tierras, ordenación del territorio, instalación de jóvenes agricultores, cooperativismo, vertebración de la cadena alimentaria,… Y todo ello en estrecha concertación con el sindicalismo agrario según un modelo de cogestión que se convertiría en un ejemplo a imitar en otros países y en la base de la Política Agraria Común europea.

Su pasión europeísta le llevó a ocupar en 1981 el puesto de Comisario de Desarrollo en la Comisión Europea presidida por Gaston Thorn, puesto que mantuvo hasta 1985, cuando fue nombrado por el gobierno francés Alto Comisionado para la Nueva Caledonia, en un momento muy convulso en la colonia francesa.

Su pasión por el diálogo intercultural, le hizo asumir el puesto de Presidente del “Instituto del Mundo Arabe” entre 1988 y 1991 y, más tarde, su pasión por el Mediterráneo le condujo a la presidencia del “Centre International des Hautes Etudes Agronomiques Méditerranéennes” con sede en Montpellier.

Sus últimos años los dedicó Pisani a impulsar la creación de diversos grupos de reflexión sobre la agricultura y el mundo rural, en los que reunió a expertos de distintas disciplinas académicas (agrónomos, economistas, sociólogos, geógrafos,…) y a personas vinculadas al mundo sindical y cooperativo. Primero fue, a escala francesa, el llamado “Grupo de Seillac”, y más tarde, a nivel europeo, el “Grupo de Brugge” (Brujas), del que tuve la fortuna de formar parte durante varios años participando en la traducción del documento “Por un cambio necesario en la agricultura” (publicado en español en 1997 por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación).

En los grupos que promovió, su magisterio, su gran capacidad para comunicar y escuchar y, sobre todo, sus largos e intensos silencios (le gustaba autodefinirse como un “místico agnóstico”), le hizo asumir un auténtico liderazgo que siempre quedará en nuestro recuerdo.

Su libro de memorias agrarias y rurales “Un vieil homme et la terre” (“El viejo y la tierra”) es un libro apasionante, de lectura obligada, sobre el amor por la tierra de un hombre ya mayor, que continuó hasta sus últimos días pensando en cómo mejorar la agricultura y el mundo rural.

Descanse en paz.

domingo, 28 de febrero de 2016

REVUELTAS  AGRICOLAS  EN  FRANCIA
(publicado en los diarios del Grupo Joly) (04/08/2015)


Las revueltas agrícolas forman parte de la tradición francesa. En su historia reciente, ha sido habitual que el malestar agrícola de nuestros vecinos se haya manifestado en forma de cólera contra los camiones españoles, italianos o alemanes que, cargados de fruta o carne, cruzan la frontera en dirección a los mercados europeos (incluidos los franceses, ya que el mercado único y la libre circulación de productos, lo avala). Siempre he pensado que esos actos vandálicos sólo pueden ocurrir con la relajación e incluso complicidad de las autoridades encargadas de reprimirlos, por lo que procuro leerlos en clave política.

Después de varios años de calma, estalla de nuevo la protesta en la agricultura francesa, y vemos estos días cómo se ensaña con los productos agrícolas procedentes del exterior. Cabe preguntarse ¿por qué ahora?. Intentaré aportar algunas reflexiones que nos ayuden a entender lo que les pasa a los ganaderos franceses (ya que esta vez son los ganaderos los que se rebelan), y de paso comprender la complejidad e implicaciones políticas de este tema.

En general, los agricultores europeos están sufriendo dos problemas en la actualidad. Uno, es el efecto del embargo de la UE a Rusia por el tema de Ucrania (con la correspondiente reacción de Putin), que está causando serios perjuicios a algunos subsectores agrícolas, debido a que se le cierra un mercado emergente como el ruso. Como consecuencia de ello, muchos productores se ven impelidos a acudir a los propios mercados europeos con agresivas estrategias de precios generando una feroz competencia con sus conciudadanos de la UE.

El otro problema es el desequilibrio de la cadena alimentaria, debido a la globalización de los mercados alimentarios y a la desaparición de los mecanismos públicos de intervención y regulación. En ese contexto, los productores agrícolas están a merced de las grandes cadenas de distribución, sufriendo en origen las estrategias endiabladas de precios que en algunos productos están por debajo del coste.

Esos dos problemas son comunes a los agricultores de muchos países europeos, que, según su mejor o menor integración con las industrias, los capean como pueden. Por ello, debe haber algún factor interno que explique la cólera de los franceses. Y ahí tenemos que echar mano de la política. Llama la atención que el propio presidente Hollande, adalid de la integración europea, se haya mostrado comprensivo con las protestas de los agricultores, sin emitir ninguna crítica ante lo que es una evidente violación de la libre circulación de productos en el mercado único europeo.

Para entender lo que pasa hay que tener en cuenta lo siguiente. La primera consideración es que, en Francia, se vive ya en la antesala de unas elecciones presidenciales y legislativas (que tendrán lugar en 2017 y que se prevén muy competidas). En ese escenario, el derechista Front National (FN) sigue sumando apoyos, mientras que Nicolás Sarkozy irrumpe con su nuevo partido Les Republicains, aspirando a quitarle espacio al de Marine Le Pen. En esas elecciones (sobre todo en las legislativas) el voto rural será, como siempre, muy importante, debido al reducido tamaño de las circunscripciones electorales francesas (equivalente a nuestras comarcas). Por ello, ninguna fuerza política, ni siquiera la socialista (tradicionalmente de base urbana), quiere enfrentarse a la protesta agrícola de estos días, mostrándose incluso condescendiente con ella, aunque eso obligue al gobierno francés a tener que dar explicaciones en Bruselas y presentar disculpas en las embajadas de Madrid o Berlín.

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que, en Francia, el “sindicalismo mayoritario”, formado por la poderosa FNSEA y su socio CNJA (jóvenes agricultores), está teniendo cada vez más dificultades para liderar la defensa de los intereses agrícolas. Los sindicatos minoritarios (como el MODEF, la Coordination Rurale o la Confederación Paysanne), que suelen tener presencia en algunas regiones, y en algunos subsectores, pero que nunca han tenido la relevancia de los mayoritarios, comienzan a adquirir un protagonismo creciente. Así, en el caso de las actuales revueltas, el protagonismo lo está teniendo la Coordination Rurale (CR), cuyos vínculos con la derecha política son más que evidentes, especialmente con el citado FN lepenista. Además, la reacción vandálica contra camiones españoles y alemanes va directa al corazón de la integración europea, algo que es coherente con el discurso antieuropeísta que manifiestan los dirigentes agrícolas de la CR y los políticos del FN, alimentado además por la ola de desafección contra la UE que se extiende por todos los países europeos.

Finalmente, otro factor a considerar es que el liderazgo del sindicato FNSEA se está viendo cuestionado por la controvertida figura de su actual presidente Xavier Beulin. No es ganadero, sino gran cerealista (propietario de una explotación de 500 has en la Loiret), y además preside el grupo empresarial Avril (Sofiproteol), un holding presente en el sector de las oleaginosas, de las semillas y de los biocarburantes, con una cifra de negocio de casi 7.000 millones de euros. A diferencia de lo que siempre ha ocurrido en la cúpula de la FNSEA (cuyos dirigentes han solido representar al agricultor medio francés, basando en ello su fuente de legitimidad), el actual presidente Beulin es, sobre todo, un empresario con vínculos con el agrobusiness, lo que despierta recelo entre los ganaderos. Su liderazgo como dirigente agrícola es cuestionado, y más ahora en un momento en el que la cólera se dirige también contra los intermediarios industriales y contra la gran distribución. Ello explica que el sindicato Coordination Rurale (CR) esté canalizando la protesta ocupando el espacio que en otras ocasiones controlaba con habilidad los mayoritarios FNSEA y CNJA.

Estas son algunas claves para entender mejor por qué los ganaderos franceses están produciendo ahora unos actos vandálicos que nos trasladan a etapas que creíamos ya superadas en el marco de la Unión Europea.